

La caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela marca un punto de inflexión para América Latina. No es solo el desplome de un gobierno autoritario, sino el colapso de una narrativa que durante años se sostuvo sobre propaganda, victimismo ideológico y una sistemática negación de la realidad. Maduro no cayó por una conspiración extranjera ni por un capricho geopolítico: cayó porque su régimen se convirtió en una dictadura corrupta, empobrecedora y, finalmente, insostenible.
Es evidente que Estados Unidos tiene intereses económicos y estratégicos en Venezuela, particularmente energéticos y petroleros. Negarlo sería ingenuo. Pero también es cierto que fue el propio Maduro quien ofreció el pretexto perfecto para una intervención quirúrgica: primero, la tolerancia —cuando no el involucramiento directo— con redes de narcotráfico; después, la consolidación abierta de un régimen autoritario que anuló elecciones, persiguió opositores y sometió a su población a condiciones indignas.

Durante años, quienes defendieron a Maduro desde cómodos escritorios en América Latina y Europa omitieron un dato esencial: el chavismo dejó de ser un proyecto político para convertirse en una estructura criminal de poder. Las elecciones fueron boicoteadas o directamente robadas, los órganos electorales perdieron cualquier vestigio de independencia y la democracia venezolana fue vaciada de contenido antes de ser formalmente enterrada. Defender eso no es progresismo: es cinismo.
Lo ocurrido en Venezuela también obliga a reconocer algo incómodo para muchos analistas: la operación encabezada por Estados Unidos fue, en términos estratégicos, extraordinariamente precisa. No hubo una invasión clásica, ni una ocupación prolongada, ni un espectáculo militar destinado al consumo mediático. Fue una intervención focalizada, apoyada en inteligencia, presión económica, aislamiento internacional y fracturas internas del propio régimen. Una cirugía política, no un bombardeo ideológico.
Este episodio se inserta en un fenómeno más amplio: América Latina comienza a girar hacia la derecha, o al menos a abandonar experimentos de izquierda autoritaria que prometieron justicia social y entregaron miseria institucional. El péndulo regional se mueve no por moda, sino por hartazgo. Las sociedades latinoamericanas empiezan a entender que ni la izquierda extrema ni la derecha radical ofrecen soluciones duraderas. Pero también comprenden algo fundamental: es preferible un gobierno que genere bienestar, salud, empleo y educación, que uno que manipule conciencias desde las aulas, simule políticas públicas y convierta la pobreza en herramienta de control político.
El chavismo hizo exactamente eso. Destruyó el sistema de salud mientras lo utilizaba como discurso. Empobreció la educación mientras la transformaba en aparato de adoctrinamiento. Eliminó la iniciativa privada mientras culpaba al “imperio” de la escasez. El resultado fue devastador: millones de venezolanos huyendo de su país, una economía colapsada y una sociedad fracturada por el miedo y la dependencia.
Donald Trump, guste o no, entendió algo que muchos líderes occidentales evitaron por corrección política: hay regímenes que no se reforman, se desmantelan. Su administración dejó de fingir que Maduro era un interlocutor legítimo y comenzó a tratarlo como lo que era: el jefe de un sistema autoritario con vínculos criminales. La historia reciente sugiere que esa lectura fue más realista que la diplomacia tibia que solo prolongó el sufrimiento venezolano.
Es legítimo lamentar que los intereses económicos y petroleros sigan siendo un motor central de la política internacional. Sería deseable un mundo en el que los derechos humanos bastaran para movilizar a las potencias. Pero la política real no funciona así. La pregunta relevante no es si hubo intereses, sino si el resultado mejora la vida de millones de personas y debilita estructuras criminales enquistadas en el poder. En el caso venezolano, ambas respuestas apuntan en la misma dirección.

La caída de Maduro también funciona como advertencia para otros gobiernos de la región. Los regímenes que normalizan la militarización política, la captura del Estado por redes ilícitas y la erosión sistemática de la democracia suelen creer que su control es eterno. No lo es. La historia demuestra que los sistemas basados en el miedo y la corrupción colapsan tarde o temprano, y casi siempre lo hacen de manera abrupta.
Para México y otros países que coquetean con modelos de concentración de poder, el mensaje es claro: tolerar el narco, relativizar la democracia y debilitar las instituciones no es una estrategia de estabilidad, es una cuenta regresiva. Los gobiernos que confunden popularidad con legitimidad y propaganda con política pública suelen terminar aislados, vulnerables y atrapados por sus propias contradicciones.
América Latina tiene hoy una oportunidad incómoda pero real: abandonar el romanticismo ideológico y apostar por gobiernos eficaces, con Estado de Derecho, economía funcional y políticas sociales que no dependan del clientelismo. No se trata de elegir entre izquierda o derecha, sino entre democracia o simulación, entre desarrollo o control.
La caída del régimen de Maduro no es una victoria moral perfecta ni un acto de altruismo internacional. Es, simplemente, el desenlace lógico de un sistema que agotó toda coartada. Y conviene recordarlo: los regímenes que viven del engaño suelen olvidar que la historia no absuelve indefinidamente. El final llega. Siempre llega. Y cuando llega, suele hacerlo de manera cruel y justamente implacable.
Estamos viendo la reorganización geopolítica de nuestro planeta, China, Rusia y USA, repartiéndose el mundo por regiones, el problema es que algunas regiones serán más caras que otras.
@FSchutte
Consultor y analista