

Mucho se habla de limpiar la casa.
De Marie Kondo y eso de quedarse solo con lo que “da alegría”. De tirar lo roto, donar lo que sirve, vender lo que puede tener otra vida. Incluso hay programas sobre acumuladores que, aunque parecen hablar de desorden, en realidad muestran algo más inquietante: que casi nunca se trata solo de las cosas.
Y sí, todo eso importa.
Tirar lo inservible.
Donar lo útil.
Pensar en economía circular.
Reconocer el privilegio enorme que implica poder decidir qué se queda y qué se va.
Pero hay otra limpieza que casi no se nombra.
Y que, al menos para mí, se ha vuelto impostergable.
No hablo únicamente de lo que entra a casa en forma de objetos. Hablo de lo que consumimos todos los días sin notarlo: lo que vemos, lo que escuchamos, lo que leemos, a quién seguimos, con quién hablamos, a quién le regalamos tiempo, atención y energía.
Porque eso también se acumula.
Y eso también nos forma.
El neurocientífico Donald Hebb lo explicó hace décadas con una frase que hoy sigue vigente: las neuronas que se activan juntas, se conectan entre sí. Lo que vemos repetidamente moldea nuestras rutas mentales. No es una metáfora: es biología. Incluso es así cómo se diseñan los algoritmos. Estudios recientes en neuroplasticidad confirman que la exposición constante a ciertos discursos, narrativas o estímulos emocionales termina influyendo en la forma en que percibimos el mundo y reaccionamos ante él.
Nada de lo que consumimos es neutro.
Las cuentas que seguimos.
Las series y películas que normalizan ciertas conductas.
La música que repetimos sin pensar qué dice.
Los discursos que dejamos pasar “porque no es para tanto”.
Las marcas a las que elegimos comprar cuando sí tenemos opción.
Todo eso educa.
El sociólogo Pierre Bourdieu hablaba del habitus: ese conjunto de disposiciones que adquirimos sin darnos cuenta y que termina guiando nuestras elecciones, gustos y juicios. No nacemos con ellos. Se construyen a partir de lo que vemos, escuchamos y validamos en nuestro entorno cotidiano.
Por eso no da igual de dónde viene lo que consumimos.
Ni a quién amplificamos.
Ni con quién pasamos nuestro tiempo.
En los últimos años me he encontrado con una versión de mí misma que sigue siendo empática y abierta al diálogo, pero que ya no puede —ni quiere— ser tolerante con discursos de odio. No por cerrazón, sino por conciencia. Porque los discursos no se quedan en palabras. Lo han demostrado la historia y los datos: los discursos preceden a las acciones.
Antes de la violencia explícita viene la normalización del lenguaje que deshumaniza. Primero se nombra al otro como inferior, peligroso o prescindible. Luego, se justifica lo que se hace con él.
Por eso ya no puedo relacionarme como antes con alguien que fue mi confidente en la universidad y que hoy, desde sus redes personales, defiende a organizaciones y figuras abiertamente antiderechos. No porque piense distinto a mí —la diferencia es necesaria—, sino porque esas posturas no son teóricas ni lejanas. Han afectado directamente a personas que ambas conocemos. Han limitado libertades. Han puesto cuerpos en riesgo.
Y ahí, para mí, hay un límite.
No se trata de vivir en una burbuja ideológica. Al contrario: el diálogo, la pluralidad y la confrontación respetuosa de ideas son indispensables para cualquier sociedad sana. Pero hay una línea clara entre pensar distinto y sostener creencias que parten de la superioridad sobre otros, que justifican la exclusión o buscan arrebatar derechos por la forma de amar, creer, existir o habitar el mundo.
Eso no es diversidad de pensamiento. Eso es violencia simbólica. Y la violencia simbólica también cansa, erosiona y deja marcas.
Los estudios sobre salud mental y entorno social son claros: el estrés crónico no solo viene de grandes eventos traumáticos, sino de exposiciones constantes a entornos hostiles. Se ha documentado cómo los vínculos cercanos influyen directamente en nuestro bienestar físico y emocional, incluso más que algunos hábitos individuales.
Así como no tendría sentido ordenar la casa guardando objetos rotos “por si algún día”, tampoco me resulta congruente seguir sosteniendo vínculos que chocan de frente con mis valores más básicos. No desde el rencor. No desde el drama o el escándalo. Desde la coherencia.
Limpiar también es elegir.
Elegir a quién le dedicas conversaciones profundas.
Con quién compartes tu tiempo fuera del trabajo.
Qué discursos decides no amplificar más.
Qué relaciones agradeces por lo que fueron y colocas en otro estante de tu vida.
Con cariño, a veces. Con tristeza, otras. Pero con claridad.
Hay vacíos que no se llenan con cosas.
Ni con compras.
Ni con likes.
Ni con vínculos que te obligan a vivir en contradicción permanente.
Quizá estos tiempos también sirven para eso: para hacer limpiezas más profundas. No solo de clósets y cajones, sino de consumos, discursos y relaciones. Para quedarnos con lo que suma, lo que cuida, lo que no nos exige negociar nuestra humanidad.
No es cancelación.
No es intolerancia.
Es congruencia.
Y a veces, ese es el orden más honesto que una puede construir.

