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Democracia kitsch mexicana

Publicado el 25 de agosto, 2026
Democracia kitsch mexicana

Nuestra sociedad ha comenzado a perder aquello que hace posible vivir democráticamente. Se conserva el voto y con minusvalía permanecen algunas de las instituciones, continúan los discursos y proliferan las plataformas de comunicación, pero algo esencial se deteriora: la capacidad de escucharnos, reconocernos y deliberar con quienes piensan distinto.

“Las listas de Alcalde” nos mostró la radiografía del pensamiento, objetivos y meta-objetivos oficiales. La política se ha convertido en una formidable maquinaria de producción de imágenes, emociones y relatos. Cada día ofrece un nuevo escándalo, una nueva declaración, una nueva confrontación y un nuevo motivo para indignarse. La atención pública es capturada, fragmentada y rápidamente sustituida por otro acontecimiento. La política deja así de ser deliberación sobre el bien común y empieza a funcionar como espectáculo permanente.

Aquí resulta particularmente fecundo el pensamiento de Byung-Chul Han. Sus diagnósticos de “La sociedad del cansancio, La psicopolítica y El enjambre digital” permiten comprender una paradoja de nuestro tiempo: estamos más comunicados que nunca, pero no necesariamente más dispuestos a conversar. Tenemos abundancia de información, pero no necesariamente mayor conocimiento; tenemos innumerables opiniones, pero no necesariamente deliberación.

El modelo de comunicación oficial ha convertido a la ciudadanía en espectadores. Ahí aparece el mundo kitsch. Lo kitsch no es solamente el mal gusto; es la sustitución de la realidad por su apariencia. Es hacer que algo parezca profundo sin serlo, que parezca virtuoso sin demostrarlo, que parezca democrático sin practicar suficientemente la democracia. El peligro aparece cuando la imagen del pueblo la han llevado a sustituir al pueblo, la narrativa a sustituir los resultados, con las emociones sustituyen al argumento. Una democracia kitsch puede conservar sus formas mientras pierde progresivamente su sustancia.

Puede haber elecciones sin suficiente deliberación. Puede haber transparencia sin verdadera comprensión. Puede haber participación sin incidencia. Puede haber discursos sobre la justicia sin justicia efectiva. Puede haber una permanente invocación al pueblo y, al mismo tiempo, una ciudadanía reducida a audiencia. El problema se vuelve todavía más grave cuando el adversario deja de ser un ciudadano que piensa diferente y se convierte en un enemigo moral señalado desde el “Alcazar” como “non grato”.

Entonces, al adversario convertido en enemigo no se le busca para convencerlo, sino desacreditarlo; no se escuchan sus razones, sino que se le destruye su legitimidad.

Una sociedad que deja de conversar comienza a fragmentarse. México necesita otra calidad de política. Necesita recuperar la palabra como instrumento de entendimiento y no solamente como arma de confrontación. Necesita recordar que la democracia no consiste únicamente en ganar elecciones, sino en construir condiciones para que quienes pierden puedan seguir siendo ciudadanos, y quienes gobiernan puedan seguir siendo responsables ante todos.

La legitimidad democrática nace de la posibilidad de formar una voluntad política mediante razones compartidas. Quien participa en una comunidad de comunicación contrae responsabilidades frente a los demás. La batuta ética de Adela Cortina nos recuerda que ninguna democracia puede sostenerse sin reconocer la dignidad de aquellos con quienes no coincidimos.

Byung-Chul Han, nos invita a mirar al sujeto que está quedando detrás: un ciudadano exhausto, hiperconectado, permanentemente estimulado y cada vez más vulnerable a la política de la atención. Ésa es quizá la cuestión más profunda de nuestro tiempo.

Debemos preguntarnos cómo podemos reaprender a vivir juntos, pues una democracia puede sobrevivir a un mal gobierno; lo que difícilmente sobrevive es una sociedad que pierde la capacidad de reconocerse como comunidad política.

El acontecimiento importa menos que la reacción que provoca. La denuncia se convierte en tendencia; la respuesta oficial, en contra narrativa; la indignación, en identidad política. Al final, muchos hablan y pocos verifican. El crecimiento del espectáculo es entonces exponencial porque cada afirmación genera su réplica, cada réplica produce indignación y cada indignación produce nuevo contenido.

La consecuencia política es grave, por ejemplo: el narcotráfico dejó de ser un problema de seguridad y justicia, se ha convertido en materia prima de una economía política de la atención. El desafío mexicano es pasar del espectador al participante. Del consumidor de narrativas al sujeto crítico. De la indignación instantánea a la responsabilidad. Del enemigo al “Otro”. Y sin duda, pasar del espectáculo de la democracia a la democracia como forma de vida compartida. Dudas y cuestionamientos políticos ha habido y muchos, sin embargo, han sido sustituidas por consignas, descalificaciones y escenificaciones patrióticas. La realidad no desaparece: simplemente queda escondida detrás del espectáculo.

El “kitsch” político no consiste en inventar una realidad inexistente; ha consistido en revestir una realidad incómoda con una fantasía suficientemente atractiva para que la sociedad prefiera discutir la representación antes que enfrentar el hecho. Mientras el país discute quién tiene razón en el espectáculo, la violencia, las adicciones, el dinero ilícito, la corrupción, la captura institucional sigue ocurriendo fuera de las cámaras.

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