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La Odisea política de México

Publicado el 11 de agosto, 2026
La Odisea política de México

La Odisea película en cartelera; cinematografía de Christopher Nolan, actuaciones de: Matt Damon, Anne Hathaway, Zendaya, Lupita Nyong’o, Robert Pattinson, Tom Holland…, aviva el deseo de volver, a este clásico, no sólo para seguir la aventura de sus personajes, sino para mirar, desde ellos, una parte profunda de la condición humana que, en pleno siglo XXI nos interpela.

México vive una Odisea silenciosa y persistente: la travesía de un país que intenta regresar al territorio del procedimiento democrático mientras enfrenta monstruos, tentaciones y naufragios que se parecen demasiado a los del poema homérico. En esta historia, el viaje no es geográfico: es institucional. Y el mar Egeo es nuestro espacio público donde la norma se interpreta, se estira, se negocia y se traiciona.

Desde 1991, México recibió una ofrenda noble: el procedimiento electoral constitucional, una suerte de “caballo de Troya” que logró equidad, civilidad y reglas claras. La pieza que permitió contener el poder mediante normas aceptadas por todos. Pero como el caballo de Troya, también pudo ser usado para abrir la puerta a quienes, desde dentro, malinterpretaron la norma para convertirla en ventaja política. La democracia mexicana, como Troya, celebró el regalo sin advertir que su fortaleza dependería de la disciplina con la que se cuidara.

Hoy, la política mexicana navega entre islas que recuerdan demasiado a las del viaje de Odiseo. Odiseo, astuto y estratega que confunde habilidad con destino. En México abundan los navegantes que creen que basta con dominar la conversación pública, anticipar campañas, saturar espacios y convertir, desde las mañanitas políticas, la presencia mediática en legitimidad. La astucia se vuelve brújula, pero también tentación: la de creer que el procedimiento es negociable y que la equidad es un obstáculo para la eficacia. Como Odiseo, estos navegantes olvidan que la astucia sin disciplina termina provocando naufragios institucionales.

En la adaptación encontramos a Polifemo como la fuerza bruta, el poder que se cree suficiente. En nuestra vida pública, el gigante aparece cuando una mayoría legislativa decide que su número equivale a razón jurídica. Polifemo mira con un solo ojo: el del poder. No ve la ley, no ve el procedimiento, no ve la equidad. Y como en la Odisea, el gigante termina golpeando las paredes del sistema democrático sin darse cuenta de que se está cegando.

Circe, hace una hechicería de la comunicación, transforma a las personas en animales. En México, la hechicería es la comunicación política: campañas permanentes, propaganda disfrazada de información, publicidad que esquiva la fiscalización, narrativas que convierten ciudadanos en seguidores y a los seguidores en consumidores emocionales. La hechicería mediática deshumaniza la deliberación y convierte la política en espectáculo. Circe seduce, y también adormece.

Las sirenas cantan para ser populares y desviar a los navegantes de su ruta. En la política mexicana, su canto es la popularidad inmediata: encuestas, tendencias, likes, presencia mediática. El político que escucha ese canto olvida el procedimiento, la equidad y la responsabilidad institucional. Odiseo se salva porque se ata al mástil; los autodenominados “clase política” suelen lanzarse al mar.

Escila devora; Caribdis traga. En México, estos monstruos son los extremos de la regresión electoral: por un lado, la violación abierta de la norma; por el otro, la normalización de esa violación. Entre ambos, la democracia navega en un estrecho cada vez más peligroso.

Tiresias es la figura que representa a las autoridades electorales, los juristas constitucionales, los órganos de control, los árbitros que conocen el procedimiento y saben que sin él no hay República; es la voz que recuerda que la norma no es un obstáculo, sino el único puente hacia la legitimidad que nos dice lo que nadie quiere escuchar: las mayorías no sustituyen la ley. Tiresias es la conciencia institucional de la Odisea: “Al INE no se toca”.

La Odisea no es sólo viaje; es retorno. México necesita regresar a Ítaca: al prestigio del procedimiento democrático, a la convicción de que las reglas no son obstáculos sino garantías, a la certeza de que la equidad no es negociable. El procedimiento electoral de los noventa del pasado siglo no fue un accidente histórico: fue la construcción más eficiente de nuestra vida pública, pero como un caballo de Troya, por vía legislativa, la ha ido destruyendo desde dentro.

La Odisea política de México no terminará con un héroe, sino con una decisión colectiva: volver a respetar el procedimiento incluso cuando limita las ambiciones de quienes aspiran al poder. Porque sin procedimiento no hay equidad; sin equidad no hay legitimidad; y sin legitimidad, la democracia se convierte en una isla más en la que los navegantes se pierden, seducidos por cantos que nunca prometieron retorno.

En tiempos de naufragios democráticos, sólo quienes escuchen a Tiresias encontrarán el camino de regreso a Ítaca, ¡vale la pena volver!

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