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Amor mío: Un digestivo para la sobremesa

Publicado el 9 de septiembre, 2026
Amor mío: Un digestivo para la sobremesa

Estaba sentada en un restaurante del centro esperando a un amigo. Mientras leía el menú me encontré con una bebida que durante una época pedía muchísimo y me pareció peculiar descubrir que ahora no se me ocurriría pedirla.

No porque haya dejado de gustarme exactamente, sino porque, de alguna manera, dejó de pertenecerme. La pedía cuando estaba con alguien. Con ella.

Durante un tiempo fue casi un ritual: sentarnos, pedirla después de la cena, hablar, ordenar una más. Después pasó el tiempo, ella salió de mi vida y la bebida también. Pienso en lo extraño que es descubrir que algunas cosas que creemos nuestras llegaron a nosotros a través de otros.

Una canción que aprendimos porque alguien la escuchaba. Una palabra que se nos quedó porque la repetíamos con alguien. Una receta, una forma de viajar, un grupo de rock, una superstición absurda, la manera de tomar el café o aquella película que ahora es de nuestras favoritas, aunque alguien más que ya no es parte del presente nos la haya mostrado.

Incluso ciertas maneras de reaccionar cuando estamos enojados.

Me pregunto cuántas cosas de las que hoy forman parte de mí comenzaron, en realidad, en otra persona. Porque quizá la identidad no sea eso que imaginamos: una especie de núcleo fijo que traemos desde que nacemos y permanece intacto mientras todo lo demás cambia.

Quizá se parezca más a un collage.

Algo viene de la familia, algo de la infancia, algo de quienes amamos, de quienes admiramos y también de quienes nos hicieron daño. Hay rasgos que elegimos conscientemente y otros que se van quedando sin pedir permiso.

Somos las frases que repetimos, los lugares que extrañamos, los poemas que sabemos de memoria, las cosas que cocinamos sin receta y esas pequeñas rarezas que hacemos de una manera específica sin recordar quién nos enseñó a hacerlo así. Pasamos tanto tiempo tratando de descubrir quiénes somos que pocas veces nos detenemos a preguntarnos de quiénes estamos hechos.

Porque cada vez que convivimos lo suficiente con alguien ocurre algo casi imperceptible: nos transformamos. A veces es apenas una expresión, una ruta, un restaurante al que nunca habríamos entrado, un platillo, una manera de celebrar un cumpleaños o una canción que años después seguimos escuchando sin recordar quién nos la enseñó.

Otras veces la huella es más profunda.

Aprendemos una forma distinta de querer, de discutir, de pedir perdón, de poner límites, de cuidar o de acompañar. Y también descubrimos qué no queremos, qué ya no nos gusta o qué simplemente dejó de ir con nosotros.

Porque los vínculos no solamente nos dejan aquello que conservamos. También pueden mostrarnos aquello que un día decidimos soltar. Hay relaciones que terminan y, con ellas, desaparecen ciertas costumbres. Dejamos de escuchar determinada música, de frecuentar algunos lugares, de preparar aquella comida o de usar aquella expresión.

Pero incluso entonces algo cambia. Tenemos que convertirnos en alguien distinto para dejar de hacerlo.

Por eso me gusta pensar que las personas significativas no necesariamente son las que permanecen. Algunas estuvieron años. Otras, unos meses.

Fueron familia, amigos, parejas, maestros, compañeros de trabajo o personas con las que apenas coincidimos durante una etapa particularmente importante.

No todas se quedan. Pero casi todas dejan algo.

Y hay algo especialmente poderoso en los vínculos que atravesamos durante momentos difíciles. Quizá porque cuando alguien nos acompaña mientras estamos vulnerables no es solamente tiempo lo que compartimos: mostramos una versión de nosotros que no cualquiera conoce.

Hay una intimidad distinta en quien estuvo cuando no sabíamos qué hacer, cuando teníamos miedo, cuando todo salió mal o cuando simplemente necesitábamos que alguien se sentara a nuestro lado. Quien estuvo ahí queda ligado a una parte de nuestra historia que, de alguna manera, también se construyó en su presencia.

Por eso quizá esa famosa idea de que somos, en cierta medida, el resultado de las personas con las que más convivimos tenga algo de verdad, aunque no sea una fórmula matemática ni todos los vínculos tengan el mismo peso. Nuestro entorno nos moldea.

La gente con la que pasamos buena parte de nuestros días termina influyendo en lo que consideramos normal, en lo que deseamos, en cómo hablamos, en lo que comemos, en cómo descansamos e incluso en lo que creemos posible para nosotros. Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Cuánto de nuestra personalidad elegimos y cuánto fuimos adquiriendo por cercanía?

Tal vez nunca podamos contestarla del todo. Porque tampoco somos únicamente lo que recibimos. Somos lo que hacemos con ello.
Podemos quedarnos con una costumbre y abandonar otra. Hacer nuestra una melodía y olvidar con quién la bailamos la primera vez. Conservar una receta y cambiarla hasta que ya no se parezca a la original. Podemos tomar algo que recibimos y transformarlo hasta convertirlo en parte de nuestra propia historia.

Quizá ahí esté una de las cosas más hermosas de la identidad: no somos una suma estática de influencias. Somos una mezcla en movimiento. Cada encuentro significativo modifica, aunque sea ligeramente, la versión de nosotros que existía antes.
Algunas transformaciones son tan evidentes que las reconocemos. Otras aparecen años después, cuando hacemos algo y de pronto pensamos: Esto lo aprendí de alguien. Y a veces ni siquiera sabemos de quién. Tal vez por eso hay personas que ya no están en nuestra vida y, sin embargo, siguen apareciendo en ella.

No necesariamente porque las extrañemos. Sino porque alguna vez estuvimos cerca. Porque durante un tiempo nuestras vidas se tocaron lo suficiente para que algo de una pasara a la otra.

Quizá crecer no sea convertirnos cada vez más en nosotros mismos, como solemos decir. Quizá también sea reconocer de quiénes estamos hechos.

Porque al final, cuando creemos que hemos dejado atrás a ciertas personas, podemos descubrir que algunas pequeñas partes de ellas todavía viven en nosotros.

Una frase.

Una mueca.

Una manera de abrazar.

Una receta.

Una costumbre que ya ni siquiera recordamos de dónde viene.

O un digestivo que ya no pedimos después de la cena, pero que, muchos años después, todavía sabe un poco a ella.

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