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El partido que México puede ganar en equipo*

Publicado el 31 de agosto, 2026
El partido que México puede ganar en equipo*
Octavio de la Torre

¿Puede México ganar algún día una Copa del Mundo? Sí. Tiene talento, recursos, infraestructura y una afición capaz de llenar cualquier estadio. Sin embargo, antes deberá vencer a un adversario más profundo: nuestra dificultad para construir equipos por encima de los protagonismos.

La misma pregunta puede trasladarse a la política y a la economía nacional: ¿puede México convertirse en una nación más próspera, segura y justa? También puede. Pero no mientras cada fuerza política, sector económico y organización empresarial juegue su propio partido y considere que el fracaso del otro representa automáticamente su victoria.

México demuestra una solidaridad extraordinaria frente a terremotos, huracanes y tragedias. El problema es que sabemos unirnos durante la emergencia, pero nos cuesta convertir esa unión en una forma permanente de organizarnos.

Nos acostumbramos a esperar al héroe que resuelve solo, al presidente providencial, al empresario que concentra todas las decisiones o al dirigente que se presenta como dueño de la verdad. Celebramos más a quien mete el gol que a quienes construyeron la jugada.

En la política, cada grupo quiere portar el gafete de capitán, definir la alineación y cobrar el gol. En las empresas también sucede: áreas que compiten entre sí, liderazgos que ocultan información, organizaciones que defienden parcelas y cámaras que buscan protagonismo antes que resultados colectivos.

Una empresa no crece cuando ventas, administración, producción y dirección persiguen objetivos contrarios. Tampoco un país puede avanzar cuando gobierno, oposición, trabajadores y empresarios desconfían sistemáticamente unos de otros.

México necesita un acuerdo nacional.

No un pacto de élites ni una fotografía protocolaria. Tampoco un reparto de posiciones. Necesitamos un acuerdo sobre lo esencial: seguridad, Estado de derecho, crecimiento económico, formalización, educación, infraestructura, innovación y combate a la desigualdad.

Podemos discutir los métodos, pero no deberíamos seguir disputándonos los objetivos. La ideología es legítima; permite contrastar visiones y ofrecer alternativas. El problema comienza cuando se convierte en una trinchera que impide reconocer la realidad, escuchar al diferente o construir soluciones compartidas.

Lo mismo ocurre entre empresas. Las grandes inversiones y los negocios familiares no son adversarios. Las primeras aportan capital, tecnología, infraestructura y cadenas globales; los segundos transforman esas oportunidades en empleos, consumo y bienestar dentro de las comunidades. México necesita conectarlos, no enfrentarlos.

Un acuerdo nacional tampoco significa cancelar las diferencias. Significa establecer un mínimo común que sobreviva a elecciones, partidos y cambios de gobierno. Que aquello que funciona continúe y aquello que fracasa pueda corregirse sin convertir cada decisión en una guerra política o empresarial.

El capital no es enemigo del bienestar: debe traducirse en inversión productiva, innovación y empleos dignos. El gobierno tampoco puede ser espectador: debe garantizar seguridad, reglas claras y condiciones para que la prosperidad alcance a más familias. Los organismos empresariales debemos escuchar el territorio, representar la economía real y convertir las demandas en propuestas.

México tiene talento. Lo que todavía no logra es coordinarlo alrededor de una visión compartida. Mientras cada actor proteja su parcela, oculte el balón y confunda liderazgo con control, seguiremos celebrando victorias individuales dentro de un país que no consigue avanzar.

México necesita confianza, continuidad y un verdadero equipo nacional.

Porque ningún país ni ninguna empresa avanzan con once estrellas disputándose el balón. Avanzan cuando todas comprenden la misma jugada y deciden atacar hacia la misma portería.

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