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Amor mío: El lugar donde la vida ocurre

Publicado el 24 de agosto, 2026
Amor mío: El lugar donde la vida ocurre

Hay ciudades que uno disfruta más cuando no tiene que vivir en ellas. La Ciudad de México es una de esas.

Hay algo fascinante en caminarla: los restaurantes, los museos, las librerías, los cafés, las terrazas, los parques, la gente que parece ir siempre hacia algún lugar. La ciudad está llena de posibilidades. A cualquier hora ocurre algo. Siempre hay una calle por descubrir, una mesa donde sentarse, alguien a quien conocer.

Como visitante, todo eso puede ser maravilloso. Pero vivir una ciudad así es otra cosa. Porque una cosa es recorrerla porque quieres y otra muy distinta hacerlo porque tienes que.

Ir a trabajar. Llevar a los niños. Hacer el súper. Ir al gimnasio. Llevar el coche al taller. Ver a tus papás. Hacer una cita. Regresar a casa. Volver a salir porque olvidaste algo.

Y entre una cosa y otra, el tráfico. La distancia. La espera.

Una hora para llegar. Otra para regresar. Y de pronto la ciudad empieza a cobrarte algo que no aparece en la renta ni en el recibo de luz:

tu tiempo.

Lo pensé estando ahí, viendo esa coreografía diaria de millones de personas moviéndose de un punto a otro, cruzando avenidas, tomando el Metro, esperando un coche, caminando deprisa, comiendo a deshoras, contestando mensajes mientras esperan llegar, maquillándose en el trayecto, desayunando mientras caminan.

Una ciudad enorme funcionando a toda velocidad. Y, al mismo tiempo, millones de vidas tratando de encontrar un pequeño espacio para detenerse.

Hay personas que pasan más tiempo trasladándose hacia su casa que estando dentro de ella.

La frase suena absurda hasta que empiezas a hacer cuentas.

Sale antes de que amanezca. Atraviesa media ciudad. Trabaja. Vuelve a atravesarla cuando todos regresan a sus casas y finalmente llega a un departamento donde todo cabe exactamente donde tiene que caber: la cama, el sofá, la cocina, la televisión, una mesa que sirve para comer y trabajar porque no hay espacio para tener dos.

Lo llama su casa. A veces me pregunto si todavía lo es.

No porque esté mal. Seguramente es un departamento bonito. Tiene gimnasio, alberca, terraza, coworking, jardín, quizá hasta un salón de eventos.

La ciudad ha aprendido a vendernos algo bastante ingenioso: menos espacio privado a cambio de más espacios compartidos. Todo está ahí. Solo hay que bajar, reservar, esperar que haya lugar y recordar que a las diez de la noche cierran.

Y quizá hemos aceptado la ecuación sin preguntarnos demasiado qué estamos entregando a cambio. Hemos ganado amenidades y perdido rincones.

Tenemos roof garden, pero cada vez menos balcones. Coworking, pero menos escritorios propios. Gimnasios comunes, pero menos espacio para simplemente estar.

Hemos aprendido a llamar amenidad a muchas de las cosas que alguna vez llamamos casa.

Hace más de un siglo, Virginia Woolf escribió sobre la necesidad de una habitación propia. No hablaba solamente de cuatro paredes y una puerta. Hablaba de independencia, de tiempo, de la posibilidad de pensar y crear sin que alguien reclamara ese espacio.

La habitación propia era, en el fondo, una forma de libertad. Y quizá hoy tendríamos que volver a preguntarnos qué significa eso.

No solamente para una mujer que quiere escribir, sino para cualquiera que necesite un lugar donde pensar, descansar, recibir a alguien, enamorarse, llorar o, sencillamente, no hacer absolutamente nada.

Porque tener un espacio propio nunca significó solamente tener una puerta que cerrar. Significaba tener un lugar donde nadie pudiera decirte para qué debía servir tu tiempo. Eso es difícil de medir en metros cuadrados. También lo es la intimidad.

¿Dónde tiene una pareja una conversación que no quiere que escuche nadie?

¿Dónde recibe alguien a un amigo que necesita hablar durante tres horas?

¿Dónde se queda una persona después de una llamada que le cambió el día?

¿Dónde llora sin sentir que tiene que recomponerse porque todo se escucha?

¿Dónde guarda una caja que no combina con la decoración, una fotografía que ya nadie recuerda, una colección absurda o ese objeto que no sirve para nada pero que, por alguna razón, hace que un lugar empiece a sentirse suyo?

Tal vez por eso construir un hogar es mucho más complejo que construir una vivienda. Una vivienda puede comprarse, rentarse, financiarse, amueblarse.

Un hogar necesita tiempo.

Necesita conversaciones que se alargan después de cenar. Visitas que llegan sin avisar. Una planta que ocupa un lugar absurdo. Ropa que no está perfectamente guardada. Alguien cocinando mientras otro cuenta algo desde la puerta.

Necesita incluso un poco de desorden. La vida rara vez cabe bien en espacios perfectamente optimizados.

Y nosotros estamos optimizando todo.

El tiempo. Los trayectos. Los metros. Los muebles. El trabajo. La comida.

Hasta el descanso parece tener una aplicación que nos dice cuánto deberíamos dormir. Quizá por eso hemos dejado de contabilizar algunas pérdidas.

Una hora de ida.

Una hora de vuelta.

Cinco días a la semana.

Cincuenta semanas al año.

Y de pronto una parte considerable de nuestra existencia se ha ido en esperar que la ciudad nos permita llegar a donde queremos estar. Lo extraño es que nos hemos acostumbrado tanto a perder tiempo que ya ni siquiera lo registramos como pérdida.

Y no, no creo que se trate de decir que las grandes ciudades son malas. No lo son.

Hay una riqueza enorme en vivir cerca de todo, en tener acceso a cultura, trabajo, restaurantes, hospitales, universidades, parques, personas distintas y posibilidades que simplemente no existen en otros lugares.

La ciudad también puede abrirte el mundo. El problema es cuando para acceder a todo eso tienes que entregar demasiado de ti.

Cuando la vida cotidiana se convierte en una sucesión de trayectos. Cuando para ver a un amigo tienes que organizarlo con dos semanas de anticipación porque entre su casa y la tuya hay hora y media de distancia. Cuando ir a cenar implica calcular el tráfico. Cuando descansar también requiere desplazarte.

Cuando la casa se convierte en el lugar al que llegas únicamente para dormir porque toda tu vida sucede en otra parte. Ahí es cuando algo empieza a sentirse extraño.

Porque mientras las ciudades crecen, nuestras vidas parecen hacerse más pequeñas. No necesariamente porque tengamos menos cosas. Quizá porque cada vez tenemos menos tiempo y menos espacio para hacer con ellas algo que no sea funcional.

Hay algo profundamente extraño en vivir así: edificios enormes llenos de departamentos diminutos, miles de ventanas encendidas cuando cae la noche, personas viviendo unas encima de otras y, sin embargo, cada una encerrada en su propia caja.

Desde lejos parece una ciudad llena de vida.

Desde dentro, quizá son miles de personas intentando encontrar un lugar donde simplemente estar. Y quizá ese sea uno de los grandes lujos del futuro.

No tener más cosas. Tener más tiempo.

No vivir en un departamento enorme. Tener un espacio que realmente sientas tuyo.

No contar cuántas amenidades tiene un edificio. Preguntarte cuánto de tu vida ocurre ahí.

Porque un espacio común puede ser maravilloso. Pero no necesariamente es tuyo.

Puedes bajar al jardín, pero tienes que volver a subir. Puedes trabajar en el coworking, pero alguien puede reservarlo después. Puedes hacer ejercicio, nadar, cocinar, reunirte, tomar el sol y organizar una fiesta en lugares diseñados para todo eso. Y aun así llegar a tu departamento, cerrar la puerta y descubrir que ahí dentro no ocurre gran cosa. Quizá el lujo que estamos perdiendo no sea tener más habitaciones, sino tener un lugar donde no tengamos que justificar qué hacemos con nuestro tiempo.

Un lugar donde una tarde pueda no servir para nada.

Donde el silencio no sea una falla en la agenda.

Donde quedarse sea una actividad suficiente.

Donde podamos dejar una taza sobre la mesa, plantas en lugares poco comunes, una fotografía que no combina con nada.

Donde podamos invitar a alguien a sentarse en la cocina y hablar durante tres horas.

Donde podamos llorar.

Reírnos.

Enamorarnos.

Aburrirnos.

No hacer nada.

Porque hemos llegado a un punto en el que hasta el ocio necesita producir algo. Descansar mejor. Dormir mejor. Socializar. Entrenar. Recuperar energía. Todo tiene propósito. Todo tiene métrica.

Y tal vez una de las pequeñas rebeldías que nos quedan sea recuperar el derecho a hacer cosas que no sirven para nada.

Quedarnos.

Mirar por la ventana.

Dejar que una tarde se nos vaya entre las manos.

Tal vez por eso un hogar tarda tanto en construirse.

Porque no se levanta con ladrillos ni se mide en metros.

Se construye con horas que nadie contabiliza, con recuerdos que se van quedando en las paredes, con conversaciones que no cabían en ninguna agenda y con la libertad de cerrar una puerta no para aislarnos del mundo, sino para saber que, al menos por un rato, tenemos un pequeño lugar dentro de él.

Quizá por eso, después de unos días en una ciudad como esta, uno vuelve a mirar su propia casa de otra manera.

No importa tanto si es grande, si tiene terraza, alberca o la zona está de moda. Importa si ahí puedes bajar la guardia.

Si puedes llegar sin prisa.

Si puedes invitar a alguien sin hacer reservación.

Si puedes construir momentos que no produzcan absolutamente nada.

Y quizá esa sea la verdadera pregunta que deberíamos hacernos cuando elegimos dónde vivir.

No solamente cuánto cuesta. No solamente cuánto mide. No solamente qué tiene.

Sino cuánto de nuestra vida cabe realmente ahí dentro.

Porque una casa no debería ser solamente el lugar donde uno duerme después de haber pasado el día en otra parte.

Debería ser, al menos de vez en cuando, el lugar donde la vida ocurre.

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