LIVE

2 de octubre no se olvida

Publicado el 2 de octubre, 2026
2 de octubre no se olvida

El 2 de octubre de 1968 fue una represión gubernamental masiva en la Plaza de las Tres Culturas, ejecutada por el Ejército y el Batallón Olimpia, felonía del Estado, con miles de muertos y heridos y cientos de detenidos. Fue un crimen de lesa humanidad reconocido oficialmente por el Estado mexicano.

La violencia política de Estado, sistemática, contrainsurgente, dirigida contra una sociedad civil desarmada, marcó un quiebre histórico.

El distintivo de la generación del 68: leer, pensar, transformar. Los jóvenes del 68, lejos de ser una masa manipulada, desarrollaron una cultura política nueva: lectura crítica, pensamiento autónomo, articulación de demandas democráticas, conciencia de derechos y libertades.

El movimiento estudiantil fue un punto de inflexión que abrió la vida pública a la deliberación y a la crítica del autoritarismo del PRI, cuya forma política, anquilosada, vertical, cerrada, ya no podía contener la energía social emergente.

El 68 también inauguró una nueva experiencia cultural: la sociedad mexicana comenzó a verse a sí misma a través de imágenes, fotografías, transmisiones y narrativas mediáticas. La masacre ocurrió a días de los Juegos Olímpicos, bajo la mirada de corresponsales extranjeros, lo que rompió el cerco informativo y obligó al país a confrontar su propia violencia.

Ese tránsito hacia una cultura visual, que hoy culmina en las pantallas que deciden el tiempo y moldean la opinión pública, tiene su origen en la ruptura de 1968.

El lenguaje que desbordó a todos. La Marcha del Silencio: México frente a su propio espejo. No fue solo un acto político: fue un ritual civil, una ceremonia donde México se miró a sí mismo sin palabras, como si el país hubiera decidido suspender el ruido para escuchar su conciencia. En ese silencio caminó una generación que había aprendido a leer, a pensar, a disentir; una generación que descubrió que la libertad comienza cuando uno se atreve a nombrar lo que el poder quiere callar. Pero ese día, paradójicamente, la libertad se expresó sin voz: el silencio se erigió como lenguaje político.

Octavio Paz escribió que México es un país de máscaras. La Marcha del Silencio fue la primera vez que una multitud decidió quitárselas todas. El silencio no fue vacío: fue una palabra más antigua que la palabra, una protesta que no necesitó consignas, una crítica que no dependió de discursos.

El gobierno esperaba gritos para justificar su narrativa de “agitadores”. El Comité de Huelga esperaba consignas para mostrar fuerza. Ambos recibieron algo distinto: una multitud que caminaba como si cada paso fuera una frase y cada respiración un manifiesto.

El silencio desbordó a todos.

Nuestra Patria descubrió contenido en su propio mutismo, acostumbrado al monólogo del Estado, escuchó por primera vez otro sonido: el de miles de cuerpos avanzando sin hablar, una sinfonía de suelas leyendo el pentagrama de la calle, una juventud marchó y se negó a pedir permiso para existir, el de una sociedad que comenzaba a despertar de un largo sueño autoritario y dogmático (Como Manuel Kant).

Ese silencio fue un espejo. En él se reflejó la anquilosada forma política del PRI, la retórica gastada del oficialismo, la insuficiencia del comité de huelga, y también la esperanza de una ciudadanía que intuía que la democracia no es un decreto, sino una práctica.

La Marcha del Silencio fue una lección pública de la política del siglo XX. La metamorfosis que produjo la Marcha del Silencio no fue inmediata, pero sí irreversible, por varias razones:

  1. Del grito a la conciencia. El movimiento descubrió que la fuerza política no está en el volumen, sino en la legitimidad moral. ¡No lo perdamos!
  2. De la protesta a la cultura. El 68 dejó de ser un episodio y se convirtió en una tradición crítica: leer, pensar, cuestionar. ¡Defendámoslo!
  3. De la obediencia al juicio. La juventud aprendió que el Estado no es un padre, sino una institución que debe ser vigilada. ¡No permitamos que se degrade la democracia!
  4. De la retórica a la ética. El silencio fue un acto ético: una forma de decir que la violencia del poder no puede responderse con más violencia, sino con una superioridad moral que lo desnude. ¡Sigamos insistiendo!

Tenemos el silencio como herencia. Hoy, en un país gobernado por pantallas que deciden el tiempo, la Marcha del Silencio sigue siendo una advertencia: la democracia no se sostiene en el ruido mediático, sino en la capacidad de pensar sin ser dictados a ese bullicio.

El silencio del 68 fue un anticipo de la ciudadanía crítica que México aún intenta construir. Fue la primera vez que la sociedad dijo, sin decirlo: “No somos súbditos.” “No somos espectadores.” “Somos responsables de nuestro destino.”

Algunos de aquellos líderes admirados cuando llegaron al poder tuvieron amnesia y respondieron como generación caduca. Un verdadero despropósito exigir por vía epistolar el perdón de España por los ofensas hechas al pueblo de México, hace 500 años. Primero, ni España ni México existían. Lo paradójico es que “historiadores” no entiendan la dialéctica del mundo de la vida.

Es exactamente igual que si la generación de 68 le pidiera a García Harfush que pida disculpas por la masacre que coordinó su abuelo. ¿Qué tiene de relación histórica el General Marcelino García Barragán y el nieto?, solo los une consanguinidad.

El silencio abrió la voz de México. La Marcha del Silencio fue el momento en que México dejó de ser un país que calla por miedo y comenzó a ser un país que calla para pensar. Ese silencio no fue sumisión: fue fundación. Fundó una nueva relación entre el individuo y el Estado, entre la cultura y la política, entre la memoria y la democracia.

En ese silencio nació la pregunta que aún define nuestra vida pública: ¿Qué país queremos ser cuando dejamos de repetir lo que otros dicen y empezamos a escucharnos a nosotros mismos?

El reto cívico, la esperanza ciudadana,

se ubica en las urnas electorales de 2027.

Compartir en:
Tenpac Móvil
Logo NW Noticias
Síguenos
© 2025 NW Noticias