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Educación

Publicado el 5 de noviembre, 2026
Educación

Como mujer, como madre y como alguien que cree firmemente en que las cosas se sostienen con carácter y sensibilidad, me duele ver cómo se nos ha ido de las manos algo tan elemental como el respeto en las aulas.

Durante años hemos sido testigos de cómo los pilares que sostenían la convivencia escolar se han erosionado. Y si queremos rescatar el futuro de nuestros hijos, tenemos que empezar por admitir dónde perdimos el rumbo.

Muchos recordamos bien el otro extremo, uno al que jamás podemos ni debemos regresar. Estábamos en una orilla dolorosa donde el miedo mandaba: escuelas donde la disciplina se imponía a golpes de regla, donde la autoridad del maestro se validaba a base de intimidación y donde equivocarse era motivo de vergüenza. Aquello no era respeto, era puro sometimiento.

Pero en nuestra legítima y necesaria lucha por erradicar esa violencia, cometimos un error histórico: nos fuimos al extremo contrario y abrimos la puerta de la permisividad absoluta. Hoy vemos cosas que antes eran impensables: alumnos que le faltan al respeto a sus maestros y figuras de autoridad y que los agreden verbal o físicamente porque saben que no pasa nada.

Cuando un docente llega a temer poner la calificación que un alumno se ganó a pulso por miedo a denuncias o a reclamos agresivos, el sistema educativo ha perdido el norte. No estamos protegiendo a la niñez; la estamos dejando indefensa ante la vida.

Tenemos que decirlo con todas sus letras, viéndonos a los ojos como vecinos y familias: todo comienza, se refuerza y se confirma desde casa. La escuela enseña matemáticas, historia y ciencias, pero los valores, los límites y el respeto fundamental se aprenden entre cuatro paredes del hogar.

En los últimos tiempos, muchos padres hemos abdicado, casi sin darnos cuenta, de esa tarea primordial. Las jornadas pesadas, el cansancio y el ritmo de la vida actual nos han rebasado, y en un intento por compensar la ausencia física, hemos delegado la crianza en pantallas sin filtros y un flujo interminable de contenido vacío y violento.

Al dejar la crianza en manos de algoritmos, dejamos el respeto de lado. Sin figuras de autoridad firmes en casa, los niños crecieron creyendo que el mundo entero debe girar alrededor de sus caprichos. Al evitarles cualquier frustración, al correr a resolverles cada problema y al impedirles conocer el sabor de la consecuencia, creamos individuos frágiles ante el más mínimo tropiezo, pero implacables y soberbios cuando las cosas no se hacen a su modo. Les enseñamos que el esfuerzo no vale la pena porque “merecen” todo sin trabajar por ello.

Este error de sobreprotección no se queda en casa; salta a la escuela y hace estragos. ¿Cuántas veces hemos visto a un padre o una madre acudir furiosos a la escuela a reclamar una mala nota, a pesar de que su hijo no estudió, no entregó trabajos o se portó mal?

Ese reclamo, hecho desde el amor ciego, le transmite un mensaje devastador al muchacho: tú nunca te equivocas, los culpables son los demás, las reglas no son para ti y la mediocridad se vale si yo vengo a defenderte.

Lejos de ayudarlo, lo estamos destruyendo. Un joven que jamás ha aprendido a aceptar un “no”, que no sabe lo que cuesta ganarse una calificación y que explota cuando se le exige, se convierte mañana en un adulto incapaz de sostener un empleo, de formar una pareja sana o de vivir en comunidad. La indiferencia de los padres ante la mala conducta de sus hijos es una forma silenciosa de sabotearles el futuro.

Hagamos un alto. Necesitamos maestros respaldados y respetados. Pero, sobre todo, necesitamos padres presentes, dispuestos a asumir su papel con la firmeza y el amor que implica guiar a un ser humano.

Recuperar el respeto no es un capricho nostálgico; es una necesidad urgente.

Enseñarles a nuestros hijos que el esfuerzo importa, que el respeto a otros es primordial y que el error es solo una lección para aprender, es el mejor regalo que podemos darles. Ya es hora de dejar de hacerles todo el camino fácil y empezar a prepararlos para que tengan la fuerza de caminarlo por sí mismos.

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