

FEDERICO CAMPBELL A 10 AÑOS DE SU PARTIDA
Por décadas, México intentó explicarse con las herramientas tradicionales: discursos oficiales, promesas políticas, estadísticas. Se habló de desarrollo, de modernización, de transición democrática. Se construyeron relatos públicos para sostener la idea de un país que avanzaba, que se institucionalizaba, que encontraba por fin un cauce.
Federico Campbell eligió otro camino: el de la literatura como radar del subsuelo. Nacido en Tijuana, Baja California en 1941, Campbell entendió desde muy temprano que la frontera no era una simple línea geográfica. Era una condición moral. Un laboratorio social. Un espacio donde el país se mostraba sin maquillaje en tránsito, deseo, comercio, ilegalidad, migración y supervivencia. Allí, donde las instituciones se rozan con el contrabando y la autoridad convive con sus propias sombras, Campbell encontró el prisma perfecto para mirar a México entero.

Cursó estudios de Derecho, Filosofía y Letras en la UNAM, complementando su formación con periodismo en el Macalester College de Saint Paul (Minnesota) en 1967. Su trayectoria profesional lo llevó a ser corresponsal en Washington D.C. para la Agencia Mexicana de Noticias y a destacarse como traductor de autores como Harold Pinter, David Mamet y Leonardo Sciascia. Ha sido merecedor de prestigiosas distinciones, entre ellas la beca Guggenheim (1995) y la del FONCA (1990), además de ser incorporado como miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte en 1999. Su novela Transpeninsular recibió el Premio Nacional de Narrativa Colima para Obra Publicada en 2000, y en 2011 fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura Letras de Sinaloa. En reconocimiento a su aporte cultural y literario, el Gobierno de Baja California lo nombró Creador Emérito en 2009. A lo largo de su carrera publicó obras de cuento, novela y ensayo, consolidándose como una de las voces más penetrantes de la literatura mexicana contemporánea.
Para entender a Federico Campbell hay que volver siempre al origen: Tijuana. No como punto de partida sentimental, sino como clave interpretativa. Campbell no fue un escritor “del norte” por accidente biográfico. Fue un escritor del norte porque comprendió que allí, en la frontera, México se revela sin disfraces. La frontera es el lugar donde el Estado se vuelve frágil. Donde la autoridad se confunde con el uniforme. Donde la economía legal convive con la ilegalidad cotidiana. Donde el deseo de cruzar se mezcla con la desesperación de quedarse.
Campbell entendió que Tijuana era más que una ciudad, era un método. En Tijuana se ensayan las tensiones que después se expanden al resto del país, tales como migración, mercado informal, violencia, identidad fragmentada. Por eso, cuando Campbell escribe sobre la frontera, no está escribiendo sobre una periferia exótica. Está escribiendo sobre el futuro de México. Esa es la razón por la que su obra sigue siendo tan incómodamente actual.
Porque la frontera, en su obra, no es periferia, es el futuro. Campbell fue un escritor tijuanense en el sentido más profundo, escribió desde el filo, desde el lugar donde la identidad se fractura y la ley se vuelve ambigua, desde el punto exacto donde la realidad obliga a hacer la pregunta incómoda: ¿Quién manda?
Federico Campbell el narrador del Estado nocturno no fue un escritor aislado en una torre de marfil. Fue periodista cultural, ensayista, traductor, editor. Un hombre que se movió entre la literatura y el periodismo con la naturalidad de quien sabe que ambos territorios se tocan: la narrativa cuenta lo que ocurre; el periodismo intenta explicar por qué ocurre.
Campbell entendió que en México el poder no se manifiesta únicamente en el gobierno, sino en sus redes invisibles: los intermediarios, los operadores, los silencios pactados, las complicidades informales. Esa obsesión lo acompañó siempre. Su trayectoria comenzó en el periodismo cultural, en la conversación con escritores, en la traducción de autores europeos que también habían explorado la relación entre crimen, política y Estado. Campbell bebió de esa tradición; la literatura como investigación moral.
Pero su gran mérito fue trasladar esa mirada al México contemporáneo, al norte fronterizo, al país que entraba en los años noventa con una promesa de modernización mientras, debajo, se organizaba una nueva economía del miedo.
En 1977, en Ciudad de México, Campbell funda su casa editorial La Máquina de Escribir, un proyecto independiente que pronto se convierte en semillero de grandes talentos. No era solo una editorial, era un laboratorio cultural donde la crónica, la poesía, el ensayo y la narrativa encontraban un espacio fuera de los circuitos tradicionales. Allí Campbell impulsó voces que después serían fundamentales: Juan Villoro, Carmen Boullosa, Bárbara Jacobs, José María Espinasa, Coral Bracho, Fabio Morábito, David Huerta, Álvaro Uribe, entre otros.
Campbell tenía un talento raro, detectar escritores antes de que el sistema los consagrara. Su editorial fue una forma de militancia cultural, publicar era abrir una puerta. Pero la obra de Campbell no se quedó en el gesto literario. Su narrativa se volvió cada vez más política, más lúcida, más inquietante.
Secuencial de Publicaciones de Federico Campbell (1941–2014)
Escritor, periodista, ensayista y editor tijuanense.
I. Entrevista, crónica y periodismo cultural
1971 — Infame turba. Entrevistas con escritores españoles durante el franquismo.
1972 — Conversaciones con escritores. Diálogos con figuras centrales de la literatura mexicana contemporánea.
II. Narrativa (novela y cuento)
1979 — Pretexta. Novela inicial donde Campbell explora la relación entre escritura, política y poder.
1982 — Todo lo de las focas. Libro de relatos breves con tono lírico e introspectivo; una de sus obras tempranas más representativas.
1989 — Tijuanenses. Colección de relatos fronterizos; su obra más emblemática sobre Tijuana como laboratorio social.
III. Ensayo político y reflexión sobre crimen – Estado
1994 — La invención del poder
Ensayo fundamental sobre la construcción del poder político y sus mecanismos de legitimación.
1995 — Máscara negra. Crimen y poder
Obra clave donde Campbell analiza la relación estructural entre crimen, autoridad y redes de impunidad.
IV. Novela madura y memoria narrativa
2000 — Transpeninsular. Novela galardonada con el Premio Colima; intriga, geografía e historia del norte mexicano.
2001 — La clave Morse. Novela de memoria, claves ocultas e identidad contemporánea.
2002 — El imperio del adiós. Narrativa elegíaca sobre despedida, pérdida y reconstrucción personal.
V. Periodismo reunido
2002 — Periodismo escrito. Antología de textos periodísticos y ensayos publicados a lo largo de su trayectoria.
VI. Obra memorialística
2009 — Padre y memoria. Libro íntimo sobre la figura paterna y la construcción de la memoria personal y nacional.
Resumen Cronológico General
En 1989 publica Tijuanenses, su obra más emblemática y el libro que lo consagra como cronista de la frontera. Son relatos donde Tijuana aparece como ciudad viva, contradictoria, brutal y fascinante. Hay humanidad en tránsito. Personajes que sobreviven entre el deseo de cruzar y el peso de quedarse. No es un libro de estampas turísticas ni de folclor fronterizo. Es un conjunto de relatos donde la ciudad aparece como un organismo vivo, contradictorio, duro, fascinante. Los personajes de Campbell son seres en tránsito como migrantes, trabajadores, sobrevivientes, gente que habita la frontera como se habita una herida abierta. En Tijuanenses la frontera no es solo espacio, es condición existencial. La prosa de Campbell captura algo que pocos habían logrado, una sólida perspectiva de la frontera como identidad, como tensión moral, como escenario donde el país se mira a sí mismo sin maquillaje. Este libro es importante porque muestra el punto exacto donde Campbell deja de ser solo un narrador talentoso y se convierte en cronista profundo de la modernidad mexicana.
Tijuana, en Campbell, no es escenario: es personaje. Y en esa ciudad límite, Campbell empieza a intuir algo que México tardaría décadas en reconocer, la frontera es el espejo adelantado del país. Allí se ensayan las formas de la violencia, del mercado ilegal, de la autoridad ambigua. Pero el verdadero giro ocurre en los años noventa. Tijuanenses concentra relatos desde el laboratorio social.
En 1994, mientras México vivía uno de sus años más convulsos con el levantamiento zapatista, el asesinato de Colosio, el fin de una era, Federico Campbell publica La invención del poder. El título es, en sí mismo, una declaración: el poder no es un hecho natural. No es un objeto. No es solo una institución. Es una construcción. Campbell formula una tesis que hoy parece escrita para el presente. El poder no solo manda, se inventa.
Se inventa a través de discursos, rituales, instituciones, símbolos. Se inventa para legitimarse. Y también se inventa para ocultar su lado nocturno. Campbell disecciona cómo el Estado genera zonas grises donde la ley se suspende. Cómo se normaliza la excepción. Cómo la autoridad administra silencios. En su mirada, el poder no es solo el presidente o el gobernador, es una red de operadores. Policías, funcionarios, empresarios, intermediarios. Es un sistema que necesita resultados, control territorial, dinero y obediencia. Y en ese sistema, el crimen no aparece como anomalía, sino como engranaje posible. Campbell escribe, en el fondo, sobre el nacimiento del Estado paralelo, ese espacio donde la legalidad convive con el pacto informal, donde la justicia se negocia, donde la violencia se administra. Lo que hoy llamamos “captura institucional”, Campbell lo estaba narrando cuando todavía no tenía nombre.
1995: Máscara negra…crimen y poder como sistema
Un año después, Campbell publica Máscara negra. Crimen y poder. Aquí la novela negra deja de ser género. Se convierte en método. Para Campbell, la novela negra no trata de persecuciones ni de pistolas. Trata de seguir el rastro del dinero, de la complicidad, de las redes que conectan crimen y Estado. La máscara negra no es solo el delincuente encapuchado. La máscara negra es el Estado cuando opera fuera del Estado de derecho. Campbell entiende que el crimen organizado no crece sin protección. Que la impunidad no es falla: es sistema. Que la violencia no se expande sin intermediarios.
En su visión, México entra en una era donde la pregunta ya no es: ¿quién lo hizo? Sino: ¿quién lo permitió? ¿quién lo cubrió? ¿quién se benefició? Esa es la pregunta central del México contemporáneo.
Campbell, con la lucidez de un narrador y la precisión de un ensayista, anticipa la tragedia: el crimen no es solo enemigo del Estado. A veces es socio. A veces es instrumento. A veces es administrador territorial. Eso es lo que vuelve a Campbell incómodo y vigente.
Federico Campbell, constelación intelectual que fue parte del gran ecosistema cultural y periodístico mexicano de finales del siglo XX. Su relación con figuras como Carlos Marín, Héctor Aguilar Camín o Sergio Sarmiento debe entenderse como pertenencia a un mismo campo: la esfera pública donde literatura, periodismo y política se rozaban constantemente. No se trataba de un “grupo” cerrado, sino de una generación que intentó leer el país desde distintos registros, la crónica judicial, el ensayo histórico, el análisis liberal, la narrativa crítica. Campbell aportó lo más oscuro y lo más lúcido: la comprensión de que el crimen no era un accidente, sino una estructura en formación.

Compartió época con Monsiváis, Poniatowska, Pacheco, Paz. Fue parte de un México intelectual que todavía creía en la palabra como vigilancia democrática. Y quizás por eso su obra duele, porque muestra el punto exacto donde el país dejó de creer en la ley y empezó a acostumbrarse a la máscara.
En el año 2000, Campbell publica Transpeninsular, geografía como intriga, novela reconocida con el Premio Colima. Allí vuelve a aparecer su obsesión, la geografía no es neutral. El territorio es política. La península es historia, contrabando, memoria, rutas invisibles. Campbell entendía que el espacio también narra, la frontera, la península, el norte son escenarios donde el país se redefine.
Legado 2026: leer a Campbell como advertencia
En 2026, México sigue discutiendo lo que Campbell escribió en los noventa: impunidad estructural, redes criminales con protección institucional, política como administración del miedo, violencia como sistema. Federico Campbell pertenece a esa estirpe rara: los escritores que incomodan porque entienden demasiado. Su obra no es nostalgia. Es diagnóstico. Y quizá, también, una alarma encendida desde Tijuana. Federico Campbell no escribió para decorar la república. Escribió para exponerla. En el aniversario de su muerte, recordarlo no es solo un acto cultural: es un acto de lucidez. Porque cuando un escritor logra nombrar la máscara negra del poder, su literatura deja de ser literatura, se vuelve evidencia.
Tijuana: la ciudad donde el país se vuelve frontera
Hay un concepto que atraviesa toda la obra madura de Campbell, aunque no siempre se diga explícitamente: el Estado nocturno. El México de Campbell no es solo el país de las instituciones formales. Es el país de las redes informales. De los pactos silenciosos. De las zonas grises donde la ley se suspende para que el sistema siga funcionando. El Estado nocturno es el que opera cuando la justicia se negocia, cuando la autoridad se disfraza, cuando la violencia se administra. Campbell entendió antes que muchos que el crimen no era solo un enemigo externo del Estado, sino una presencia interna, una economía paralela, una estructura que se alimenta de la complicidad. Eso es lo que vuelve tan actuales La invención del poder y Máscara negra.
Federico Campbell murió en 2014, pero su obra no quedó atrás.
Hoy, cuando México discute impunidad, violencia estructural, captura institucional, crimen organizado como economía paralela, Campbell aparece como una figura profética. Sus libros de 1994–1995 se leen como si hubieran sido escritos esta semana. Porque el país terminó pareciéndose demasiado a su diagnóstico. Campbell pertenece a esa estirpe rara de escritores que incomodan porque entienden demasiado.
Hoy a diez años de su partida su obra no es nostalgia. Es evidencia.Nw

