

Un comparativo internacional de tasas de mortalidad infantil ubica a México como el país con mayor número de muertes de menores de un año por cada mil nacimientos entre un grupo amplio de economías desarrolladas y emergentes. Con aproximadamente 13 defunciones infantiles por cada 1,000 nacidos vivos, México se encuentra muy por encima de países como Chile, Estados Unidos y Canadá, y muy lejos de los niveles registrados en Europa y Asia desarrollada, donde la tasa oscila entre 1.5 y 3 muertes por cada mil nacimientos.

El indicador, elaborado con base en estadísticas internacionales comparables de la Organisation for Economic Co-operation and Development, mide el número de muertes de menores de un año por cada mil nacidos vivos y es considerado uno de los parámetros más confiables para evaluar el desempeño real de los sistemas de salud.
A diferencia de otros indicadores sociales, la mortalidad infantil refleja simultáneamente el acceso a servicios médicos, la atención prenatal, la nutrición materna, la capacidad hospitalaria y las condiciones generales de bienestar.
En ese contexto, el rezago mexicano no puede interpretarse como un fenómeno aislado, sino como una señal estructural del deterioro progresivo del sistema público de salud en los últimos años.
Menos recursos para la salud: el trasfondo presupuestal
El comportamiento de este indicador coincide con un periodo de restricciones presupuestales en el sistema público de salud, particularmente en los años recientes.
Para 2025, el presupuesto federal en salud se ubicó en alrededor de 880 a 920 mil millones de pesos, cifra inferior en términos reales respecto a ejercicios anteriores y equivalente aproximadamente a 2.5% del Producto Interno Bruto, muy por debajo de los niveles recomendados internacionalmente para sistemas sanitarios con cobertura efectiva.
Diversos análisis presupuestales han señalado que el sistema de salud mexicano ha experimentado reducciones reales en programas preventivos y en el primer nivel de atención, precisamente los más determinantes para reducir la mortalidad infantil.
A ello se suman los problemas de transición institucional derivados de la desaparición de esquemas como el Seguro Popular y la implementación de nuevos modelos de cobertura, lo que generó periodos de incertidumbre operativa y reducción efectiva en el acceso a servicios médicos, particularmente en población vulnerable.
Menos recursos por persona
Uno de los indicadores más reveladores es el gasto sanitario por habitante. México destina significativamente menos recursos que los países desarrollados.
Mientras el gasto público en salud en México se mantiene alrededor de 2.5% del PIB, países desarrollados destinan entre 6% y 8% del PIB a servicios sanitarios públicos.
En términos per cápita, el gasto sanitario mexicano es menos de la mitad del promedio de países de la OCDE, lo que limita la capacidad de respuesta del sistema hospitalario y la cobertura de servicios preventivos.
Esta brecha financiera se traduce en:
• Saturación hospitalaria,
• Falta de especialistas,
• Deficiencias en atención prenatal,
• Problemas de abasto de medicamentos,
• Cobertura irregular de vacunación.
Precisamente estos factores son los que más influyen en la supervivencia durante el primer año de vida.
La brecha internacional
Mientras países como Japón, Finlandia, Noruega o Estonia registran tasas cercanas a 1.5 muertes infantiles por cada mil nacimientos, México presenta cifras hasta ocho veces mayores, lo que evidencia una brecha estructural difícil de explicar únicamente por factores demográficos.
Incluso Estados Unidos, que enfrenta desigualdades regionales importantes, mantiene una tasa cercana a 5 muertes por cada mil nacimientos, menos de la mitad del nivel mexicano.
Chile y Canadá también muestran resultados considerablemente mejores, lo que confirma que la variable determinante no es únicamente el nivel de ingreso, sino la eficiencia del sistema sanitario.
Mortalidad infantil como termómetro institucional
Históricamente, la mortalidad infantil ha sido utilizada como un indicador sintético del desempeño del Estado, ya que mide la capacidad gubernamental para garantizar condiciones mínimas de supervivencia durante el primer año de vida.
En ese sentido, el posicionamiento de México en la parte más alta de la gráfica constituye una señal de alerta sobre el deterioro de capacidades institucionales en materia de salud pública.
Más allá de los discursos oficiales sobre cobertura universal, la evidencia estadística muestra que las condiciones reales de acceso a servicios médicos siguen siendo profundamente desiguales, especialmente en regiones con mayor marginación.
Un problema silencioso
A diferencia de otros indicadores sociales, la mortalidad infantil rara vez ocupa el centro del debate público. Sin embargo, especialistas advierten que se trata de uno de los indicadores más sensibles y menos manipulables del desempeño sanitario.
Cada punto adicional en la tasa representa miles de muertes evitables cada año.
En términos comparativos, la diferencia entre México y el promedio de países desarrollados equivale a decenas de miles de niños que podrían sobrevivir si existieran condiciones sanitarias equivalentes.
Señales de advertencia
El comportamiento de este indicador sugiere que México enfrenta un problema estructural de largo plazo, en el que convergen factores presupuestales, institucionales y operativos.
La tasa de mortalidad infantil no sólo refleja la situación del sistema de salud, sino también la capacidad real del Estado mexicano para proteger la vida desde su etapa más vulnerable.
De mantenerse la tendencia actual, especialistas advierten que México podría enfrentar un estancamiento o incluso retrocesos en indicadores básicos de desarrollo social, un fenómeno poco común en economías de ingreso medio.
Fuente gráfica estadística: Comparativo internacional Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Infant mortality rates (deaths per 1,000 live births), OECD Health Statistics.

