

La escena mundial no es resultado de un enfrentamiento entre civilizaciones, formas de vida excluyentes, sistemas económicos invasivos, ideologías apocalípticas o líderes nacional-populistas. Se trata del colapso de los mecanismos y estructuras que lograron niveles de paz y prosperidad nunca vistos en la Historia a manos de unos cuantos egos. Sin pudor, los populistas hacen colisionar sus intereses de forma desordenada al margen de la legalidad. Epstein y Delsy están orgullosos. Lo triste es que la mayoría de esos intereses, si fuesen nacionales, podrían conciliarse. Nuestra realidad es mucho peor, porque para entender de geopolítica primero se requiere pasar por el psicoanálisis de los líderes nacional-populistas. Good, Navalny y Pretti ya lo entendieron.

En 1953, Isaiah Berlín publicó su legendario ensayo «El Erizo y el Zorro» como un divertimento intelectual sobre el fragmento de Arquíloco de Paros. El poeta griego describe: «un zorro sabe muchas cosas, pero un erizo sabe una gran cosa». Como otros autores, John Lewis Gaddis (On Grand Stratergy, 2018) retoma el esquema de Berlín para analizar varios episodios históricos. Respecto de la Segunda Guerra Médica, nuestro autor deriva una valiosa lección de aplicación actual: «… Jerjes fracasó, como suele ocurrir con los erizos cuando tratan de establecer una relación entre sus fines y sus medios. En efecto, los fines existen solo en la imaginación y pueden ser infinitos… Los medios, por el contrario, se empeñan en ser finitos… Para que las cosas ocurran fines y medios deben contactarse de algún modo». Ese «modo»recibe el nombre técnico de «vías estratégicas». Así se denominan, las variadas formas de aplicar las herramientas del poder nacional para promover intereses nacionales.
Vivimos entre erizos. Kristi Noem y Ali Jamenei ya lo entendieron. Claramente los «Jerjes contemporáneos» de Oriente y Occidente implementan cada uno su gran estrategia personal. Jeremi Suri (The Promise and Failure of American Grand Strategy after the Cold War, 2010) concibe la gran estrategia nacional como «la sabiduría para hacer que el poder sirva a propósitos útiles». Sugiere que los analistas internacionales deben preguntarse si los líderes podrán hacer que el poder que detentan sirva y también, deben reflexionar sobre el grado de elección que tiene un gobierno para identificar «propósitos útiles». En cualquier caso, cada Gran Estrategia articula todas las herramientas del poder nacional en política exterior, en política interior, industrial, sanitaria, comercial, migratoria, etc. La democracia representativa, cualquier cosa que ello signifique en 2026, debería procurar que los «propósitos útiles» del gobernante, sean la cubierta exterior de los «intereses nacionales». Pero, ¿cuántas veces la Historia registra la usurpación de la voluntad general a manos de minorías artificiales o de mayorías manipuladas?, ¿cuántas veces las tragedias nacionales inician con las ambiciones o antipatías personales de grandes gobernantes con pequeñas habilidades de liderazgo?
Un Jerjes acá… es constreñido por la Suprema Corte de Justicia. Otro Jerjes allá… es encapsulado por falta de capacidades tácticas. Pero administrar una personalidad narcisista no es cosa sencilla. Bajo el aura de un führer, sea tropical, askenazí, Han, eslavo o anaranjado, aún es posible adoptar o mantener una «cultura estratégica». Rubio ya lo entendió. Las victorias y derrotas colectivas del pasado, proyectan la visión de Nación que cada pueblo tiene sobre sí mismo y su futuro. Ese es el sino de los mexicanos y nuestro mayor impedimento para concebir e instrumentar una gran estrategia. Ebrard está por entenderlo. Johnston afirma que cultura estratégica es el «sistema integrado de símbolos (argumentos, lenguajes, mitos, analogías, metáforas) que actúa para establecer preferencias estratégicas generalizadas y duraderas mediante la formulación de conceptos sobre el papel y la eficacia de la fuerza militar en los asuntos políticos interestatales» (Thinking About Strategic Culture, 1995, p. 46). Desde el oficialismo, cada gobierno dota de un aura de legitimidad a las decisiones estratégicas para hacerlas parecer realistas y eficaces. Inexorables. Ello explica la coartada de «abrazos no balazos», el nuevo nombre del «Departamento de Guerra», la pantalla de «Instituto para devolver al Pueblo lo Robado» o el desarrollo inmobiliario en la franja de Gaza.
Lewis-Gaddis advierte «Las únicas limitaciones que Jerjes impuso a sus capacidades fueron sus propias aspiraciones… Vivía solo en el presente, aislado tanto del pasado, donde reside la experiencia, como del futuro, donde acecha lo imprevisto» (p. 27). Paradójicamente, los líderes carismáticos son el óbice más grande para la implementación coherente de cualquier Gran Estrategia. Ello exaspera a los asesores como Artábano, Miller o Ramírez Cuevas cuando su líder máximo, en un arrebato de iluminación, decide «flagelar al mar», disfrazarse de Papa o nombrar a su sucesora más leal. Los liderazgos globales están en quiebra. Son erizos descompuestos por la ambición y la sevicia. Así lo indican incontrovertiblemente los «Epstein files».
Quienes se han creído omnipotentes alguna vez, hoy abundan, meten a sus pueblos en callejones estratégicos como Donesk, Tapalpa o Erbil. Claramente viven solo en “su presente”. Un presente simplificado a conveniencia, rodeados de oligarcas que festinan cada nueva ocurrencia y aíslan a su Jerjes de los horrores que provoca. Los registros históricos sugieren que los erizos se desempeñan mejor en situaciones estables y de baja incertidumbre. El mayor de todos ya se embarcó en una guerra ilegal que se está alargando. Sun Tzu advierte “nunca ha existido una guerra prolongada de la que un país se haya beneficiado”. La idea fuerza es: La obstinación del erizo pierde eficacia y es más peligrosa en entornos volátiles, inestables cambiantes y ambiguos.
Columnista de opinión Mario Vignettes del Olmo,
Educador y Consultor en inteligencia y servicios analíticos

