

Cuentan que existía un reino donde, cada cuatro años, se organizaba un gran concurso para elegir al mejor constructor.
El reino tenía puentes dañados, caminos sin terminar, escuelas deterioradas y plazas abandonadas. La misión parecía sencilla: encontrar a quien pudiera reconstruirlo.
El día del concurso llegaron decenas de aspirantes.
El primero tomó un mapa y comenzó a señalar cada puente caído.
—Todo esto es culpa del constructor anterior.
La multitud aplaudió.
El segundo mostró una larga lista de errores.
—Yo nunca habría cometido esas equivocaciones.
Los aplausos fueron todavía mayores.
El tercero llevaba libros, estadísticas y fotografías.
—Aquí está la prueba de todo lo que hicieron mal quienes estuvieron antes.
La gente quedó impresionada.
Entonces llegó un constructor con una sencilla caja de herramientas.
No llevaba discursos.
No llevaba fotografías.
No llevaba culpables.
Miró el puente derrumbado y preguntó:
—¿Por dónde empezamos?
Todos guardaron silencio.
Alguien respondió:
—Antes debes demostrar que los otros fueron peores.
El constructor sonrió.
—Si dedico mi tiempo a demostrar quién destruyó el puente, nunca tendré tiempo para reconstruirlo.
Mientras los demás seguían discutiendo sobre el pasado, él colocó la primera piedra.
Al terminar la jornada apenas había construido unos cuantos metros.
Parecía poco.
Pero era infinitamente más que todos los discursos pronunciados ese día.
Con el paso de los años ocurrió algo extraño.
El concurso dejó de buscar al mejor constructor.
Ahora ganaba quien mejor explicaba por qué el otro había destruido el reino.
Los candidatos dejaron de competir por las mejores ideas y comenzaron a competir por las mejores acusaciones.
Los ciudadanos dejaron de preguntar quién construiría el siguiente puente y empezaron a preguntarse quién era el menos malo.
Así nació la política del “menos peor”.
Hasta que una niña, observando al constructor trabajar, hizo una pregunta que nadie había querido responder:
—¿Y si, en lugar de elegir al menos peor, empezamos a exigir al mejor?
Nadie contestó.
Porque todos comprendieron que los puentes nunca se levantan con discursos.
Se construyen con trabajo.
Y lo mismo ocurre con las empresas, las instituciones y los países.
Moraleja
Criticar puede ser necesario. Denunciar también.
Pero señalar errores nunca será suficiente si no existe la voluntad de construir algo mejor.
El filósofo Julian Baggini recuerda que una sociedad mejora cuando la inconformidad se convierte en acción y no cuando la queja se vuelve una forma permanente de vivir. Peter Drucker enseñó que el liderazgo consiste en concentrar la energía en crear oportunidades, no en administrar agravios. Y la metáfora del síndrome de Calimero nos recuerda el riesgo de creer que todo lo malo siempre es culpa de alguien más.
Quizá la verdadera pregunta para México no sea quién es el menos peor.
Quizá la pregunta correcta sea quién está dispuesto a tomar las herramientas y comenzar a construir.

