

Hay una frase que resume muy bien una de las grandes lecciones de las sociedades más exitosas: “Tanta sociedad como sea posible, tanto gobierno como sea necesario”.
Más allá de cualquier postura ideológica, esta idea refleja algo que vemos una y otra vez en comunidades que han logrado cambiar su entorno: cuando las personas se involucran, las soluciones suelen ser más sólidas, duraderas y legítimas.
Muchas veces esperamos que el gobierno resuelva por sí solo problemas como la seguridad, la educación, la cultura, el desarrollo urbano o la convivencia social. Pero la realidad es que ningún gobierno, por eficiente que sea, puede reemplazar el compromiso de los ciudadanos con su propia comunidad.
Los gobiernos cambian cada pocos años; las comunidades se quedan. Los funcionarios van y vienen, pero los vecinos, las familias, las organizaciones civiles, las escuelas y las empresas siguen ahí, construyendo día a día el presente y el futuro de su entorno.
Un ejemplo muy conocido en América Latina es la transformación de la Comuna 13 en Medellín, Colombia. Durante años fue una de las zonas más violentas y olvidadas de la ciudad. Sin embargo, su recuperación no fue únicamente resultado de una política pública o de una decisión gubernamental. El cambio empezó cuando la propia comunidad decidió recuperar sus espacios, fortalecer los lazos entre vecinos, impulsar el arte y la cultura, y crear un sentido de pertenencia que devolviera la esperanza a quienes vivían ahí.
Las autoridades acompañaron ese proceso, pero el verdadero impulso vino de la ciudadanía organizada. De hecho, varios intentos de replicar ese modelo en otras ciudades han tenido dificultades porque se ha tratado de copiar como si fuera un programa de gobierno, cuando en realidad su esencia está en la participación genuina de la comunidad.
Algo parecido ocurre en nuestras ciudades. Las colonias más ordenadas no siempre son las que reciben más recursos públicos, sino aquellas donde los vecinos se conocen, participan, cuidan los espacios comunes y colaboran para resolver problemas. Las comunidades más fuertes no son necesariamente las que enfrentan menos retos, sino las que han aprendido a organizarse para superarlos.
La participación ciudadana no debe verse como un reemplazo del gobierno, sino como un complemento natural. También funciona como un contrapeso democrático y, muchas veces, como uno de sus mejores aliados. Una sociedad activa observa, propone, colabora y exige resultados. Al mismo tiempo, ayuda a construir soluciones desde la cercanía y el conocimiento directo de las necesidades de su comunidad.
México necesita gobiernos eficaces, pero también ciudadanos comprometidos. Necesita instituciones fuertes, pero igualmente comunidades fuertes. Porque al final, quienes más quieren una colonia, un barrio o una ciudad son quienes viven ahí todos los días. Y cuando una sociedad decide involucrarse, los cambios que parecen imposibles empiezan a hacerse realidad. Nw
La autora es contadora publica certificada y presidente de COPARMEX Tijuana

