

En agosto de 2026, el Congreso de Aguascalientes aprobó que Villa Juárez, una comunidad de Asientos, se convierta en el municipio número 12 del estado. Será la primera vez desde 1992 que el mapa político de la entidad cambie. Pero ¿qué es Villa Juárez y quiénes la habitan? Este es un retrato de la comunidad, contado por quienes la viven.
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En la plaza principal, el ruido de la carretera llega amortiguado. A unas cuadras, sobre la carretera, los coches se estacionan en doble y triple fila frente a birrierías, ferreterías y tiendas de ropa; aquí, en cambio, los niños corren entre las bancas, los comercios atienden sin prisa y dos señoras platican sentadas junto a un puesto de duros preparados.
Una es Abigail Ramírez, que desde hace cinco años atiende ese puesto de duros y churritos. Nació en Villa Juárez y nunca se ha ido. Su amiga llegó esa mañana desde La Soledad, una ranchería de Asientos que describe como “tres casas rodeadas de monte”. Los miércoles y sábados, días de tianguis, vende chile, ajo, miel y nopalitos que le compra a otro productor. Sale antes de las siete de la mañana en combi, y de regreso, se baja en el crucero de San Rafael y camina unos 20 minutos hasta su casa.
¿A quién le voy a vender allá? Si ahí no hay ni quién. Para todo tenemos que venir aquí: a llevar el mandado, si tenemos ganas de un refresco, de un hielito, de una paleta. Y si no, pues nos lo aguantamos.
Ella nació en El Copetillo, del lado de Zacatecas, pero se casó y se quedó del lado de Aguascalientes. Entre las dos amigas (la que nunca se ha ido y la que viene cada semana) retratan y describen a este pueblo mejor que cualquiera: Villa Juárez es un nodo comercial sobre la carretera al que bajan las rancherías de Asientos y de Zacatecas a comprar y vender, a misa, al doctor, y a inscribir a los hijos en la escuela.
Ese pueblo, que en 2027 se convertirá en el municipio número 12 de Aguascalientes, se ha hecho a sí mismo al ritmo del camino que habita.
La historia de la región empieza bajo tierra. Asientos nació de la minería a mediados del siglo XVII y llegó a tener más auge poblacional que la propia capital. Según el Programa de Desarrollo Urbano de la Ciudad de Villa Juárez 2023-2050, cuando la minería decayó tras la Independencia y los conflictos del siglo XX, la actividad se fue desplazando hacia el comercio y los servicios entre Aguascalientes y Zacatecas. La gran beneficiada fue Villa Juárez, que creció en línea recta a lo largo de la Carretera Federal 25, la que une a la capital con Loreto.
Esa vocación de punto de encuentro la han reconocido los propios planes de gobierno desde finales de los noventa, que la describen como el centro de servicios al oriente del estado. Y el pueblo no ha dejado de crecer: entre 2000 y 2020, según los censos del INEGI, pasó de 3 mil 959 a 5 mil 976 habitantes, a un ritmo mayor que el resto del municipio.
De vuelta en la plaza, Abigail recuerda el día que el Congreso de Aguascalientes aprobó su municipalización.
Echaron pólvora bien bonito, cohetes. Todo el día que se hizo municipio hubo música, dos bandas. Estuvo muy suave.
Describe un pueblo tranquilo, bonito, donde casi todo lo que se vende es ropa, carne y antojitos, y donde por las tardes se instalan más puestos porque la plaza se llena de gente que baja de las comunidades. Los días grandes, dice, son los de fiesta: el 4 de julio, día de la Virgen del Refugio; el 16 de septiembre, y el 12 de diciembre, con la Virgen de Guadalupe. Esos días se vende todo.

Martha Costa García vende birria de borrego (“cien por ciento borrego, de engorda”) desde hace casi 28 años. Cuando empezó, recuerda que en la calle principal había solo tres birrierías. Hoy hay muchas más, y alrededor de ellas ferreterías, farmacias, mercerías, gasolineras, tiendas, un Oxxo, locales de ropa y zapatos.
Ya hay más competencia. Desde que uno va entrando al pueblo ya hay muchos negocios.
Sus clientes, explica, son sobre todo los que van de paso: gente de Aguascalientes, de Guadalajara, de Loreto y Pinos, en Zacatecas, de las rancherías cercanas. Consumen más los de fuera que los locales. La temporada está baja, admite, pero “gracias a Dios sí nos va bien”.
Las cifras oficiales le dan la razón. En noviembre de 2022, el directorio de unidades económicas del INEGI registraba 526 negocios en Villa Juárez: casi cuatro de cada diez eran comercio al por menor y casi dos, venta de comida y bebida. Nueve de cada diez emplean a cinco personas o menos. Frente a ellos pasan, en promedio, casi 11 mil vehículos al día por la Carretera Federal 25. Entre los pocos servicios públicos del pueblo hay una sucursal de Telecomm donde se cobran los envíos de dinero que llegan de Estados Unidos.
Daniel Martínez, nacido en Villa Juárez, conoce la historia de ese desplazamiento. Sentado en una silla (que, cuenta, perteneció al famosísimo padre Nieves) señala la calle que tiene enfrente era el camino real. Ahí estaba el correo, y al lado, el mesón donde llegaban las recuas de burros y mulas a descansar y pernoctar; más allá, el señor que vendía gasolina y petróleo. Así era el centro.
Traza el mapa del resto del pueblo como quien lo ha recorrido toda la vida: la plaza con la estatua de Benito Juárez, el templo de la Virgen del Refugio, la delegación municipal (donde están el registro civil y la biblioteca), la primaria de enfrente y, calle abajo, el parque recreativo. Del nombre del jardín no se acuerda. Pero de lo que pasaba en cada esquina, sí.
Ya después que se hizo la carretera, comenzó a crecer el pueblo para arriba, los negocios allá.
Hoy, dice que en la carretera hay carnicerías, taquerías, ferreterías y expendios de cerveza, vinos y licores; alrededor, agricultura y ganadería. El pueblo vive de lo que pasa por él. Por eso le inquieta el proyecto de libramiento:
Ese no va a venir a Villa Juárez, ese va a ir directo a otro lado. Y no sé si le quitaría beneficios a la comunidad, a los comerciantes.
La misma carretera que alimenta al pueblo, lo atiborra. Daniel describe autos estacionados en tercera fila, coches sobre la banqueta que obligan a los peatones a caminar por el arroyo vehicular, fiestas que cierran el paso. Lo que más falta, dice, es “cultura vial”.

Villa Juárez está pegado a Zacatecas, y el flujo de gente es cotidiano. Pero, coinciden los entrevistados, en los últimos años algo cambió: ya no sólo vienen a comprar; vienen a quedarse.
Antes no. Ahora ya hay muchísima gente que viene de otras partes. De Loreto se han venido
Daniel lo ubica con precisión: la mayoría llega de las rancherías de Loreto, y se ha concentrado en el Fraccionamiento Álamos. Su lectura es desconfiada. Dice que casi no hay comunicación con los recién llegados.
¿Por qué huyen de su lugar de origen? ¿Quién sabe?
La vendedora de nopales tiene otra respuesta. Habla de un muchacho que pasó en moto minutos antes: él y su familia se vinieron a vivir para acá porque “allá está muy feo, mucha matadera”. Zacatecas ha estado durante años entre las entidades más golpeadas por la violencia del crimen organizado. Así que, para muchas familias de sus rancherías, Villa Juárez es el lugar seguro más cercano.
También llegan por los hijos. Una de las vendedoras cuenta que, cuando su hija estudiaba en Villa García, Zacatecas, el transporte era un problema, así que la cambió a Villa Juárez. “Hay muchas comunidades que traen a los niños aquí”, dice. Terminan la secundaria y siguen al CBTA para sacar una carrera.

A ninguno de los entrevistados le cuesta enumerar las carencias. El agua llega por tandeo: un día sí, un día no.Y lo relatan con la mayor normalidad.
“Sí hace falta”, dice Marta, “más pozos, para que hubiera más agua”, sobre todo para los negocios.
No hay un hospital equipado. Para un parto, una urgencia o una cirugía hay que salir. La vendedora de nopales cuenta que en La Soledad su cuñada tiene una casa de salud, pero que alcanza para “una pastilla”; si alguien está más grave, “tiene que moverse en algo, y si no tiene, pues ahí se aguanta”. Marta escuchó lo mismo esa mañana de un cliente de Las Negritas: con un hospital en Villa Juárez, las rancherías tendrían atención más cerca.
El reclamo tampoco es nuevo para las autoridades. El Programa Municipal de Desarrollo Urbano de Asientos 2007-2030 ya planteaba para Villa Juárez un hospital regional, una escuela técnica y un libramiento para descongestionar el tráfico. Casi dos décadas después, el pueblo cuenta con un centro de salud estatal y unidades de medicina familiar del IMSS y del ISSSTE, pero no con un hospital.
Hay registro civil para levantar actas, pero los trámites mayores obligan a ir a la cabecera de Asientos. Marta pide también más escuelas y espacios deportivos “para que los jóvenes tuvieran a qué dedicarse”. Y aunque ve pasar patrullas, considera que hace falta más vigilancia en los alrededores.
Daniel lo resume en tres palabras: cultura vial, orden, seguridad. “Hay muchos rateros”.
Cuando se les pregunta qué pediría más allá del municipio, la vendedora de nopales no habla de servicios. Habla de una casa. Desde que se casó ha vivido con sus suegros, en una casa que pertenece a sus cuñadas.
Villa Juárez está por estrenar ayuntamiento, pero su identidad se formó mucho antes: en las recuas que pernoctaban en el mesón, en la carretera que movió el centro del pueblo, en los que se fueron al norte y regresaron, en los que llegan huyendo del otro lado de la línea estatal. Es un pueblo de paso donde, cada vez más, la gente decide quedarse.
La vendedora de nopales lo dice a su manera. Le gusta tanto Villa Juárez que, cuando termina de vender, ya no se quiere ir.

