LIVE

Lo que hacemos con el miedo

Publicado el 13 de enero, 2026
Lo que hacemos con el miedo

El miedo rara vez entra por la puerta principal.
No avisa. No irrumpe. No hace ruido.

Suele aparecer cuando el día ya va de salida. Un domingo que se estira más de la cuenta, una tarde en la que no pasa nada y, justo por eso, todo pesa más. Aparece cuando ya no hay tareas pendientes que sirvan de excusa y la mente empieza a hacer lo que mejor sabe: revisar.

Revisar decisiones.
Revisar silencios.
Revisar todo lo que quedó suspendido.

No parece urgente.
Pero lo es.

En los relatos antiguos, el miedo nunca era el monstruo final, sino el guardián. El que custodiaba el paso entre un estado y otro. El que preguntaba, sin palabras, si estabas dispuesta a dejar atrás lo que conocías. No atacaba. No empujaba. Sólo obligaba a detenerse y hacerse responsable del siguiente movimiento.

En la vida real, el miedo se manifiesta de formas menos nobles.

No se ve elegante.
No tiene épica.

Es incómodo.

Se nota cuando respondes una pregunta directa por un “todo bien” automático. Cuando editas una frase honesta hasta volverla inofensiva. Cuando ensayas conversaciones completas en la cabeza y luego decides no tenerlas, porque no es el momento. Cuando haces listas mentales sabiendo, en el fondo, que ya elegiste no moverte.

Está en sostener situaciones que sabes que no van a cambiar, sólo porque salir de ahí implicaría aceptar que te equivocaste. En minimizar lo que duele para no tener que actuar. En repetirte que no es tan grave mientras algo se va cerrando, despacio, por dentro.

No es falta de coraje.
Es miedo administrado con disciplina.

Durante mucho tiempo pensé que las causas estaban afuera. Que todo estaba desacomodado, o como decimos aquí reborujado. Que no era un buen momento. Que había demasiadas variables externas influyendo: el trabajo, el dinero, los tiempos de otros, el desgaste acumulado. Como si la vida se hubiera inclinado de golpe y yo apenas pudiera mantener el equilibrio sin caer.

Hasta que una historia me desarmó esa idea.

Nada extraordinario.
Nada ajeno.

Alguien me contó que iba tarde. Había salido con el tiempo justo, pero el transporte se detuvo sin explicación. Llovía. El teléfono marcaba batería baja. El ambiente dentro del vehículo se volvió denso, cargado de resignación. Después de unos minutos, el conductor anunció que el trayecto cambiaría. Dio dos alternativas: bajar ahí, en medio de la lluvia o quedarse sin saber cuánto tardarían en reanudar el camino.

Nadie dijo nada.

La mayoría prefirió permanecer sentada. No porque fuera la mejor opción, sino porque era la menos comprometida. Quedarse no exigía decidir. Solo esperar.

Esa persona se levantó y bajó.

No porque tuviera un plan.
No porque supiera qué venía después.
Porque entendió que, incluso en un escenario impuesto, todavía había un margen.

Caminó bajo la lluvia. Preguntó. Se equivocó de calle. Llegó tarde de todos modos. Pero llegó con algo distinto: la sensación clara de haber elegido dentro del caos, en lugar de permanecer inmóvil esperando que alguien más resolviera.

Cuando escuché esa historia, algo se acomodó. No de manera grandiosa, sino precisa. Entendí que incluso cuando las circunstancias aprietan, cuando las opciones son pocas y ninguna es ideal, sigue existiendo un espacio —mínimo, incómodo, real— donde la decisión sigue siendo tuya.

Nos dijeron que decidir era tener claridad. Tener todas las variables bajo control. Saber exactamente qué va a pasar después. Pero la mayoría de las decisiones importantes se toman sin ese lujo. Se toman con información incompleta, con miedo presente, con el cuerpo tenso y la intuición hablando más bajo de lo que quisiéramos.

Esperar a que el miedo desaparezca es una forma sofisticada de postergar la vida.

Porque cuando no se nombra, el miedo toma el mando. Decide que no envíes ese mensaje. Que no hagas esa pregunta. Que no cruces esa línea. Y cada una de esas elecciones pequeñas, casi invisibles, va moldeando una realidad muy concreta: una vida funcional, ordenada, justificable… y estrecha.

Yo también lo entendí una tarde cualquiera. Sentada frente a la computadora, con varias pestañas abiertas y una decisión diminuta que llevaba días evitando. Tenía razones suficientes para avanzar y una sola para quedarme: el temor a que, si elegía, algo se volviera irreversible. A que ese gesto mínimo me obligara a sostener una versión distinta de mí.

No hice nada.

Cerré todo.
Me serví otro café.
Me prometí que mañana.

Ese mañana tenía la misma textura que otros tantos mañanas que había usado antes.

Ahí apareció una verdad incómoda: no decidir también es decidir. No de forma dramática, sino silenciosa. Se renuncia sin testigos. A una conversación. A una bifurcación. A una posibilidad que no volverá a presentarse igual.

El miedo, entonces, no es el problema.
Es el material.

Puede convertirse en ancla o en combustible. Puede inmovilizar o empujar. Todo depende de quién lo use y para qué. No se trata de eliminarlo, sino de mirarlo sin negociar con él.

Porque incluso cuando todo parece al revés, cuando el contexto pesa, cuando las opciones son limitadas y ninguna promete seguridad, hay algo que permanece intacto: la capacidad de elegir dentro del margen disponible.

Y casi siempre, cuando el tiempo pasa y miras hacia atrás, no duele haber avanzado con miedo.
Duele haber esperado a que las condiciones fueran perfectas.

Porque nunca lo son.

Compartir en:
Logo NW Noticias
Síguenos
© 2025 NW Noticias