

La inteligencia artificial está transformando la universidad a una velocidad que obliga a preguntarnos, sin miedo, qué estamos ganando y qué podríamos estar perdiendo en el camino.
Ronald Purser, escritor y profesor de la Universidad de San Francisco, ha advertido sobre un riesgo silencioso: cuando los estudiantes recurren a la IA para escribir sus trabajos, cuando los profesores la usan para preparar o calificar tareas, y cuando las propias universidades la incorporan como parte habitual del aprendizaje, se corre el riesgo de convertir la educación en un proceso automatizado. Su crítica no es un rechazo a la tecnología; es una advertencia sobre lo que ocurre cuando la comodidad y la eficiencia terminan desplazando el esfuerzo intelectual, el pensamiento crítico y la construcción de una voz propia. La pregunta de fondo no es si la IA nos hace más productivos, es si nos está formando como pensadores más capaces (pensamientos crítico, analítico y abstracto), o como expertos en evitar pensar por nosotros mismos.
Creo que lo que hace diferente a cada ser humano es su capacidad de crear, de innovar, y esa capacidad depende, en buena medida, del contexto en el que se desarrolla. Vivimos un momento radicalmente distinto al de generaciones anteriores. Antes, la información vivía encerrada en muy pocas manos, en enciclopedias que se guardaban como tesoro familiar. Hoy está a un clic de distancia, disponible para cualquiera, en cualquier momento. Por eso, el gran diferenciador ya no es tener acceso a la información, sino saber qué hacer con ella. Ahí está precisamente la labor que le corresponde al sistema educativo, y en particular a la educación superior: motivar el uso de toda esa información disponible para construir cosas nuevas: Innovación, disrupción, emprendimiento.
Muchas universidades, sin embargo, siguen atrapadas en una paradoja: luchan contra la tecnología, sobre todo contra la IA, sin entender que negar su uso es exactamente lo mismo que hubiera sido, a finales del siglo pasado, prohibir que un alumno llevara al salón de clases una enciclopedia Salvat completa, potenciada un millón de veces. No se combate una herramienta que ya forma parte irreversible del mundo; se aprende a enseñar con ella y a pesar de ella.
El educador Sugata Mitra lo resume con una claridad que deberíamos tomarnos en serio: a los alumnos del siglo XXI hay que enseñarles a buscar información, a seleccionar la que realmente vale la pena, y a saber exponerla con criterio propio. Ese, y no la simple acumulación de datos memorizados, es el verdadero trabajo intelectual de nuestra época.
Por eso creo que la universidad está perdiendo, poco a poco, su viejo papel como el espacio único para adquirir conocimiento, para convertirse en algo distinto: el lugar que potencia la creación de conocimiento nuevo. Estamos pasando de una universidad pasiva, que recibía y transmitía datos, a una universidad activa y transformadora, que enseña a pensar con la información.
La universidad de hoy, la que de verdad tiene futuro, es la que entiende que su valor ya no está solo en el aula, está en el negocio, en el networking, en la innovación y en el emprendimiento que puede incubar entre sus muros. Es el espacio donde los jóvenes conectan ideas, se conectan entre sí, y convierten el conocimiento disponible en soluciones reales para problemas reales.
No estamos, entonces, frente al fin de la universidad. Estamos frente al fin de una universidad concreta: la que enseñaba a memorizar en un mundo donde memorizar ya no es la habilidad que importa. Las instituciones que entiendan esta transición a tiempo van a sobrevivir y van a liderar la formación de las próximas generaciones. Las que insistan en pelear contra la IA en lugar de enseñar con ella, corren el riesgo real de desaparecer, no por culpa de la tecnología, sino por su propia negativa a evolucionar.
(Esta opinión fue escrita por Juan Camilo Mesa Jaramillo con la revisión de Claude AI de Anthropic)

