

Cuando califiqué el desempeño y los exámenes de fin de curso del ahora ex-ministro de la Corte, Arturo Zaldívar L, de Sociología (en 1º año) y de Filosofía del Derecho (5º año), en la Escuela Libre de Derecho, no dudé en reconocerle la calificación más alta. Cuando Don Luis H. Álvarez, Presidente Nacional del PAN, me encargó conformar un equipo de diputados que formulara una propuesta de reforma política para resolver fraudes electorales del príato, luego de las elecciones de Salinas organizadas por Bartlett, en 1988, organicé un seminario de Inducción al Derecho Político, al que invité a Arturo, flamante abogado. Cuando el Presidente Felipe Calderón -también mi alumno en mismas materias, otro curso- lo propuso para Ministro de la Suprema Corte, expresé opinión a favor. (A Peña Nieto, en la UP, lo califiqué mediocre). Nunca imaginé que la promesa de excelencia de abogado que entonces vimos, terminaría servil, con yugo palaciego. Su renuncia, con un año de anticipación, al cargo de Ministro, que es irrenunciable, salvo “causa grave”, exigida en la Constitución para ser aceptada por Presidente y Senado; para irse a campaña de candidata obradorista, abrió paso a una terna de mujeres incondicionales de AMLO: Dos son inelegibles por ser sus empleadas, pero senadores de la 4t recién la validaron. No tienen prestigio como abogadas, pero sobre todo, afectan la independencia e imparcialidad del Poder Judicial. Ello pega en la línea de flotación del precario equilibrio de poderes que sostiene nuestro frágil Estado de Derecho. La soberbia (“el amor desordenado de las propias excelencias”) lo despeñó.

