

La novela Los burgueses, según palabras de su autor, Eugenio Aguirre, es un relato sobre las familias de la clase alta, de la oligarquía mexicana, de la clase poderosa, durante el periodo que comprende desde el arribo de Miguel Alemán Valdés a la presidencia de la república, en 1946, hasta principios de la década de 1970.
Aunque la obra carga un basamento histórico muy importante, no es propiamente una obra histórica. Es, más bien, “una descripción muy pormenorizada de cómo vivía la burguesía impregnada por el entusiasmo del desarrollismo y progreso de México durante la época de Miguel Alemán, que fue el primer presidente civil de nuestro país después de Ávila Camacho, el último general”, explica el escritor mexicano a propósito de Los burgueses.
Publicada en días recientes por el sello editorial Planeta, a lo largo de 400 páginas la narración cuenta, también, cómo cambia la visión de los políticos, empresarios y comerciantes ricos sobre el México que evoluciona vertiginosamente y que experimenta la puesta en marcha de un gran número de obras públicas, como presas, carreteras, centros universitarios y avenidas en la Ciudad de México. “De modo que describo cómo se va transformando la vida de la capital mexicana y de algunas otras partes del país en la medida en que va evolucionando la dinámica política y económica hacia un progreso que en algún momento se llamó ‘el milagro mexicano’”.
Nacido hace 73 años en la Ciudad de México, Eugenio Aguirre es un escritor ampliamente reconocido por el desenfado y mordacidad que plasma en sus obras, varias de las cuales han sido publicadas en inglés, francés, portugués y alemán. Novelista, cuentista, ensayista, ha publicado más de medio centenar de libros, entre los cuales destacan El rumor que llegó del mar, Los niños de colores, Gonzalo Guerrero, Pasos de sangre y El abogánster, que le han dado a ganar varios premios y reconocimientos.
“Es muy interesante aproximarse a esta clase social, ajena a la mayoría de la gente y primera en habitar las Lomas de Chapultepec, Polanco, Anzures, que en su momento eran haciendas y ranchos que se fueron urbanizando y en donde se construyeron casas y mansiones maravillosas. Narro cómo se comportan, a dónde asisten, a qué teatros van, con qué otras personalidades tratan, dónde son sus fiestas y cómo se comportan las mujeres, las damas que Guadalupe Loaeza llama ‘las yeguas finas’”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
—No obstante, Eugenio, también dedica buena parte de la obra a describir el glamur de Acapulco.
—Me enfoco de una forma muy peculiar en el desarrollo de Acapulco, que se creó en esa época. En ese entonces Acapulco era un pueblo de pescadores, aunque ya existía el hotel Los Flamingos que habían construido John Wayne y Johnny Weissmüller, y existía el Papagayo, pero nada más, era un pueblo muy sencillo. Por eso cuento cómo se construyen Las Brisas, el condominio Los Cocos, cómo surge el hotel Villa Vera —lugares donde se une el jet set internacional—, cómo se hace la costera Miguel Alemán y cómo Acapulco se va convirtiendo de una forma bastante rápida en uno de los centros más atractivos del turismo internacional.
—En rigor esta es una novela, pero también puede parecer un documento histórico.
—Es una novela con un basamento histórico muy importante, pero de una historia que es contemporánea. No me voy al pasado remoto, sino que me enfoco en la segunda mitad del siglo XX, que está muy cerquita de nosotros, muchos de mis lectores habrán nacido en los años 40 y les habrá tocado vivir todo lo que estoy relatando. Los personajes, las personalidades que aparecen, están con sus nombres, no estoy disfrazándolos, son los grupos oligarcas de San Ángel, de Las Lomas, de Coyoacán, y cómo eran sus casas, qué autos utilizaban, qué servidumbre tenían, cuál era la educación que imponían a sus hijos, que era muy severa y estricta.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
—¿Cómo se documentó usted para que, en un momento dado, nadie le diga: oiga, don Eugenio, aquí se equivocó, eso no sucedió así?
—Me documenté en varios libros, en los periódicos, hice una investigación hemerográfica, y mucho corresponde a mi propia memoria. Pero la novela, como es novela, tiene elementos de ficción, y algunas cosas son inventadas como debe de ser en una novela. Si alguien me dice que me equivoqué en algo, le contestaré: mire, como dijo don Juan Rulfo, los escritores somos mentirosos profesionales, tiene usted que atender ese principio. No hay un relato estrictamente veraz porque es una novela, por eso hay una diferencia, porque no es un ensayo histórico, ni antropológico, ni sociológico. Es una novela, y el lector, como se ha aproximado a mis otras obras, se aproximará a esta buscando la parte humorística, crítica y ácida de los juicios de valor que hacen los personajes.
—Una de las líneas preponderantes de la novela es la relación corrupta de los acaudalados con el poder. ¿Cuál es su visión a este respecto?
—Para el libro eso es muy importante, por eso describe con bastante precisión el comportamiento de Miguel Alemán, el presidente con el que comienza esta novela y que desde su campaña preconizó que todos los mexicanos deberían de tener un puro, un boleto para los toros y un Cadillac. La corrupción está patente porque es inherente a nuestro desarrollo histórico: empieza con el Virreinato, con la llegada de los españoles, y ha permanecido durante 500 años, algunas veces con más atingencia, algunas veces más solapada, pero la corrupción siempre ha estado presente, incluso muchos de los funcionarios de la Colonia española compraban sus cargos y llegaban a México para resarcirse de lo que les había costado la plaza que habían obtenido en España.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
—¿Es una regla que todos los poderosos y ricos sean corruptos?
—Vimos a un presidente como Ruiz Cortines, que fue honesto, un hombre probo que no ostentó ni despilfarró y que se comportaba como estadista escandinavo. Adolfo Ruiz Cortines caminaba por las calles solo, sin un solo guarura, y saludaba a la gente, uno se podía acercar y saludarlo: “¿Cómo está, señor presidente?”. “Muy bien, niñito, ¿cómo estás tú?”. Yo lo llegué a hacer, lo viví.
“En cambio, con López Mateos hubo mucha más soltura, él empezaba su día de gobierno preguntándole a su secretario particular: “¿Qué nos toca hoy, viajes o viejas?”. Por eso construyó la carretera a Toluca para correr los coches que tenía. Y recordemos que, en el periodo de Ávila Camacho, el hermano incómodo, Maximino, se vestía de acuerdo con el color del Cadillac que iba a utilizar ese día: si el Cadillac era verde se vestía de verde; si el Cadillac era azul se vestía de azul; existía esa actitud de ostentarse frente al pueblo con una prepotencia muy patente y evidente”.

Foto: Especial.

