

Durante mucho tiempo, hablar de igualdad entre mujeres y hombres se consideró un tema social, cultural o incluso ideológico. Hoy, esa visión ha quedado atrás. La evidencia económica, los estudios internacionales y la experiencia empresarial coinciden en algo fundamental: la equidad no es solo un principio de justicia, es una condición para el crecimiento. Romper el llamado techo de cristal no es únicamente una causa legítima desde el punto de vista de los derechos; es también una decisión estratégica para cualquier país que aspire a ser competitivo, innovador y sostenible.
Organismos internacionales como la Organización Internacional del Trabajo, el Banco Mundial y distintos centros de análisis económico han documentado que las economías con mayor participación femenina en la actividad productiva registran mejores niveles de productividad, mayor estabilidad en el empleo y una mejor capacidad para enfrentar crisis. Cuando el talento se limita por razones de género, se reduce la posibilidad de crecer. Cuando se abren oportunidades, se amplía el potencial de desarrollo.
México no es ajeno a esta realidad
De acuerdo con cifras del INEGI, en enero de 2026 la población ocupada en el país superó los 59 millones de personas, y de ellas, 40.9% son mujeres, lo que representa más de 24 millones de mexicanas participando activamente en la economía. Esta cifra, por sí sola, confirma que el papel de las mujeres no es complementario ni marginal; es estructural para el funcionamiento del país.
El análisis se vuelve aún más revelador cuando se observa el comportamiento en las micro, pequeñas y medianas empresas, que constituyen la base del empleo y del tejido productivo nacional. En este sector, 47.35% de los establecimientos con régimen de persona física tiene como propietaria a una mujer, lo que equivale a más de 2.5 millones de negocios liderados por mujeres. Además, cerca del 29% de las empresas familiares son dirigidas o administradas por ellas, lo que demuestra que el liderazgo femenino no solo existe, sino que sostiene buena parte de la economía cotidiana.
En sectores como el comercio y los servicios, la participación femenina alcanza niveles cercanos al 50% del personal ocupado, lo que confirma que las mujeres no solo están presentes, sino que son protagonistas en actividades clave para el desarrollo económico, la generación de empleo y la estabilidad de las comunidades. Estos datos no dejan lugar a dudas: la economía mexicana tiene rostro de mujer.
Sin embargo, los mismos datos también muestran una realidad que no puede ignorarse.
La participación es alta en la base, pero disminuye conforme se avanza hacia los niveles de decisión. Este fenómeno, conocido como techo de cristal, describe una barrera invisible que impide que muchas mujeres accedan a posiciones de liderazgo, aun cuando cuentan con la preparación, la experiencia y los resultados necesarios.
El techo de cristal no aparece en las leyes ni en los reglamentos.
Se manifiesta en prácticas, en inercias culturales, en estructuras tradicionales y, en ocasiones, en prejuicios que se repiten sin cuestionarse. Durante décadas, los espacios de decisión económica fueron ocupados mayoritariamente por hombres, no necesariamente por falta de talento femenino, sino por una combinación de factores históricos, sociales y organizacionales que limitaban el acceso.
Hoy, esa realidad está cambiando, pero el cambio no ocurre por sí solo.
Requiere voluntad, requiere decisiones y requiere instituciones dispuestas a transformarse.
El sector empresarial organizado tiene una responsabilidad especial en este proceso. Las organizaciones que representan a millones de empresas no pueden quedarse al margen de una transformación que impacta directamente en la productividad, en la competitividad y en la legitimidad social de la actividad económica. Impulsar la equidad no es una concesión; es una inversión en el futuro.
En la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo se ha asumido ese compromiso como una política institucional. En los últimos años, la participación de mujeres en espacios de liderazgo dentro de la organización ha crecido de manera sostenida, reflejando un cambio profundo en la forma de entender la representación empresarial.
Entre 2016 y 2026, el número de posiciones ocupadas por mujeres en la estructura nacional pasó de 31 a 121, incluyendo presidencias de cámara, consejerías nacionales y cargos directivos. Este crecimiento superior al 300% no responde a una casualidad, sino a una decisión consciente de abrir espacios, reconocer capacidades y construir una representación más acorde con la realidad del país.
Hoy, 80% del Comité Ejecutivo nacional está integrado por mujeres empresarias, y por primera vez en más de un siglo de historia institucional se cuenta simultáneamente con Vicepresidenta Nacional, Secretaria General, Prosecretaria General y Protesorera. Este hecho no es menor. Representa un cambio cultural dentro de una institución con más de cien años de trayectoria, y confirma que la equidad se construye con hechos, no con discursos. 
Además, la presencia femenina ha crecido también en los consejos directivos de las cámaras en todo el país, donde cada vez es más común encontrar mujeres participando en la toma de decisiones, en la representación empresarial y en la conducción de proyectos estratégicos. Este avance refleja una transformación territorial, no solo nacional.
Romper el techo de cristal no significa sustituir a unos por otros
Significa reconocer que el talento no tiene género y que las organizaciones más fuertes son aquellas que aprovechan todas las capacidades disponibles. En un entorno económico cada vez más complejo, donde la innovación, la adaptabilidad y la visión estratégica son indispensables, limitar la participación de la mitad de la población no es solo injusto, es ineficiente.
La experiencia internacional lo confirma
Las empresas con mayor diversidad en sus órganos de decisión registran mejores resultados financieros, mayor capacidad de adaptación y mejores niveles de gobernanza. La diversidad no debilita el liderazgo; lo fortalece. Permite tomar decisiones más completas, entender mejor a los consumidores y anticipar los cambios del entorno.
Pero más allá de los indicadores económicos, existe una razón aún más profunda para impulsar la equidad: la dignidad.
Cada mujer que encuentra una barrera injustificada en su desarrollo profesional no solo enfrenta un obstáculo personal; enfrenta un límite impuesto por estructuras que ya no corresponden a la realidad del siglo XXI.
Romper el techo de cristal es también reconocer el esfuerzo de millones de mujeres que todos los días sostienen negocios familiares, dirigen empresas, generan empleo, innovan, administran, producen y trabajan para sacar adelante a sus familias y a sus comunidades. Muchas de ellas lo hacen enfrentando condiciones más difíciles, con menos acceso a financiamiento, con mayores cargas de cuidado y con menos oportunidades de representación.
Por eso, hablar de equidad no es hablar de privilegios.
Es hablar de condiciones justas.
Es asegurar que nadie vea limitada su trayectoria por prejuicios, por costumbre o por falta de oportunidades. Es construir instituciones más abiertas, más modernas y más cercanas a la realidad de la sociedad que representan.
El desafío hacia adelante no consiste en demostrar que las mujeres pueden liderar.
Eso ya está demostrado.
El verdadero reto es asegurar que el liderazgo femenino pueda desarrollarse sin obstáculos innecesarios, sin resistencias culturales y sin estructuras que se niegan a evolucionar. El reto es consolidar una cultura organizacional donde la igualdad no sea una excepción, sino la norma.
México necesita aprovechar todo su talento para enfrentar los desafíos del presente: la competencia global, la transformación tecnológica, la necesidad de generar empleo formal, el fortalecimiento de las pequeñas empresas y la construcción de un crecimiento más incluyente. Ninguno de estos objetivos será posible si se mantiene una visión limitada de quién puede dirigir, decidir o representar.
Romper el techo de cristal no es solo una causa de mujeres.
Es una causa de justicia.
Es una causa de competitividad.
Y es, sobre todo, una condición para el futuro económico de México.
Octavio de la Torre Stéffano
Presidente de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio , Servicios y Turismo de México

