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El país que no juzgó a los militares de la guerra sucia

Publicado el 29 de julio, 2016
El país que no juzgó a los militares de la guerra sucia

MÉXICO ARMADO. 1943-1981, la insigne investigación que la periodista Laura Castellanos presentó por vez primera en 2007, acaba de ser reeditada por el sello Era y, pese a que ha pasado casi una década de que vio la luz, no ha perdido un ápice de vigencia. Para comprobarlo basta con echar un vistazo a los términos que más sobresalen hoy en los diarios: Ayotzinapa, Nochixtlán, autodefensas, anarquistas, movimientos magisteriales, indígenas, pobreza, Oaxaca, Chiapas, Guerrero, EPR…

Esta obra, que a la autora mexicana le costó diez años de trabajo, en su momento de alguna manera satisfizo el vacío de investigación sobre la historia de los movimientos populares en México, pues aunque previamente existía abundante literatura que retomaba, por ejemplo, las figuras de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, prácticamente no existía material sobre temas como la guerrilla urbana.

De esta manera, el trabajo de Castellanos se convirtió en un recorrido por todo el siglo, en una línea de continuidad histórica, que sentencia cómo a lo largo de todo ese tiempo ha habido movimientos estudiantiles, magisteriales y campesinos que, luego de recorrer distintas vías legales —jurídicas, electorales, de protesta—, recibieron la represión como respuesta a sus demandas sociales, políticas o culturales.

“El hilo conductor son las guerrillas, pero es realmente la historia de los movimientos populares en México”, manifiesta la periodista en entrevista con Newsweek en Español. “Particularmente, la historia de aquellos movimientos que fueron reprimidos y de los cuales brotaron organizaciones subversivas o autodefensas como la de Rubén Jaramillo y organizaciones guerrilleras”.

El libro, además, pone énfasis especial en el contexto y los procesos de radicalización de las organizaciones de lucha con el fin de explicar los detonantes de un treintena de movimientos que, particularmente entre las décadas de 1960 y 1970, optaron por la vía armada.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

—¿De qué manera, Laura, se explica que siga abierta la herida de las guerrillas mexicanas del siglo XX?

—Se explica con una claridad alarmante, y no lo digo yo, sino organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la ONU, la Oficina del Alto Comisionado en México, que se dedica a investigar los casos de ejecuciones extrajudiciales. Ambas instancias en informes recientes han declarado que si en México se han cometido matanzas como las de Ayotzinapa y Tlatlaya o hay ejecuciones extrajudiciales por parte de las fuerzas federales es porque los hechos de la guerra sucia quedaron en total impunidad. De ese tamaño es la importancia de conocer lo que sucede en la actualidad. La tesis que yo comparto de ellos es que, en ese periodo, el ejército y las fuerzas policiacas detuvieron, torturaron y desparecieron gente con total impunidad, y eso es lo que explica que ahora vivamos en un país de masacres y de más de 20 000 casos de desapariciones forzadas.

—¿La impunidad de esa época permite la impunidad de hoy?

—México es el país que no juzgó a sus militares por la guerra sucia en América Latina. Si eso sucedió con total impunidad, por qué nos debe de sorprender que las fuerzas federales sigan actuando de la misma manera. No se les enjuició antes. Ellos piensan que tienen una carta abierta de actuación porque no se hizo justicia antes, entonces por qué se va a hacer ahora. De ese tamaño es la importancia de conocer los hechos que en el pasado han facilitado que desde el poder se reprima y se actúe contra movimientos populares con total impunidad. El informe que comento fue el que presentó en Washington el Alto Comisionado de la ONU, sobre casos de ejecuciones extrajudiciales, un día después de Nochixtlán, así es de reciente. Y dijo: fuerzas federales cometen ejecuciones extrajudiciales porque la guerra sucia sigue impune en este país. Así de desafortunada vigencia tiene el libro en este momento.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

—¿Cuál es el papel primordial de los líderes guerrilleros o de movimientos populares en esta realidad histórica?

—Yo no pretendo mitificar a ningún personaje sino presentarlos como seres humanos con luces y sombras. Al mismo tiempo, lo que uno encuentra en el libro es la historia de maestros, campesinos o estudiantes que pudieron haber sido nuestros vecinos, hermanos o familiares y que de pronto tuvieron una participación en un movimiento popular que, en un determinado momento, fueron reprimidos y entraron en la clandestinidad. Lo que más sorprendente es que este ciclo se repite una y otra y otra vez con líderes y activistas tanto de Morelos como de Guerrero, Oaxaca, Chihuahua, Nuevo León, Jalisco. Al conocer cómo ha funcionado esta dinámica del agotamiento de la vía legal de estos movimientos populares, que a veces han sido por meses o por años de lucha, encontraremos también las estrategias del Estado y cómo siguen vigentes.

—¿En tu opinión cuál es el disparador de los movimientos populares?

—En 2010 conocí un libro de Carlos Montemayor, La violencia de Estado en México,y cuando lo leí dije: claro, lo que está diciendo es lo que estoy narrando en todo el libro, él lo resume en una frase: violencia institucional provoca violencia popular, no al revés. ¿Qué es violencia institucional? El no tener acceso a la educación, a la vivienda, a la salud, pero también a la impartición de justicia, y la corrupción también es violencia institucional. Esto es lo que la provoca, no al revés como nos hacen creer desde el poder: como hay violencia popular entonces viene la represión, ¡no! Primero hubo un agotamiento de la vía legal, y ante esa desesperación o agravios o violaciones de lesa humanidad contra ese movimiento popular se opta por la vía armada. Lo interesante es comprender que, cuando brota la violencia popular, desde el Estado viene un discurso; hay que ver las declaraciones de los años 70 y las de Enrique Peña Nieto, por ejemplo, son bastante similares: se reprime en nombre de la paz social.

“Al mismo tiempo —concluye Laura Castellanos—, en los medios de comunicación se hace una estrategia de lo que ahora conocemos como criminalización de la protesta, se criminaliza a quienes participan en esa violencia popular. Se entra en una espiral porque, después de esa represión, va a venir más violencia popular, hay una reacción porque, además de que no se atendieron las causas originales, va a haber un saldo de muertos, desparecidos, detenidos, después hay momentáneamente una desarticulación, y luego se opta por la vía armada, lo que provoca una mayor represión, ya en este caso sobre un territorio. ¿Qué viene después? Un relevo generacional. Es lo que Montemayor llamó la guerrilla recurrente, eso explica cómo en Guerrero, Oaxaca y Chiapas, cómo en México, de manera ininterrumpida hemos tenido guerrilla en los últimos 45 años. México es el país que tiene la guerrilla más antigua en el mundo, el EPR”.

El libro. Foto: Especial.

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