

Esta semana México no sólo inicia una agenda intensa. Inicia una prueba de carácter nacional.
La agenda de esta semana está marcada por tres tensiones: la calle, el Mundial y el futuro digital.
En las calles se discute el derecho a manifestarse y el derecho de terceros a trabajar; en los estadios y ciudades sede, la capacidad de recibir al mundo con orden, seguridad y hospitalidad; y en la mesa del T-MEC, el futuro de nuestra economía digital.
Tres temas distintos, pero unidos por una misma pregunta: ¿qué país queremos mostrar y construir?
La primera tensión está en la calle.
Jane Jacobs, una de las pensadoras más influyentes sobre la vida urbana, sostenía que las ciudades se mantienen vivas no sólo por sus grandes avenidas o edificios, sino por la actividad cotidiana de sus calles: los pequeños comercios, los vecinos, los recorridos diarios, las miradas constantes y la confianza que se construye desde abajo. Para Jacobs, una calle viva es aquella donde hay gente trabajando, comprando, vendiendo, caminando y conviviendo.
Esa reflexión aplica con claridad a México.
En nuestro país existen 6.1 millones de MIPYMES, que representan el 99.8% de las unidades económicas. Sólo 0.2% son grandes empresas. Además, las MIPYMES participan con 70.7% del empleo formal, generan 85.1% del empleo total —formal e informal— y aportan 52% del PIB. Es decir, la economía mexicana no se sostiene únicamente desde los grandes corporativos: se sostiene, todos los días, desde millones de negocios familiares que abren la cortina, colocan inventario, venden, cobran, pagan nómina y vuelven a empezar.
Los negocios familiares son parte de esa vida cotidiana. La tienda de la esquina, la fonda, el restaurante, la papelería, la estética, el hotel familiar, la agencia de viajes y el pequeño comercio no sólo venden productos o servicios: dan seguridad, identidad, empleo, movimiento y confianza a sus comunidades.
Sin embargo, son también la voz silenciosa de la economía. Casi nunca salen a bloquear, marchar o manifestarse, no porque no tengan causas, preocupaciones o reclamos, sino porque todos los días están resistiendo. Para ellos la disyuntiva es inmediata: abrir la cortina, colocar inventario, vender, cobrar, pagar nómina y volver a empezar; o cerrar y perder ingresos.
Ahí está la tensión moral de la semana: unos pueden detener calles para ser escuchados; otros no pueden detenerse porque si no venden, no cobran, y si no cobran, no pagan.
Por eso, el debate no debe ser si se respeta o no el derecho a manifestarse. Ese derecho es legítimo. El debate es otro: cómo construimos una nueva cultura de manifestación donde protestar no signifique afectar a terceros; donde exigir no implique bloquear; donde la presión política no se haga a costa de familias que viven al día.
Las estimaciones técnicas sobre los bloqueos y movilizaciones recientes de la CNTE ubican las afectaciones económicas ampliadas entre 200 y 260 millones de pesos diarios en Ciudad de México, Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Michoacán, considerando ventas no realizadas, retrasos logísticos, pérdida de productividad, menor actividad turística y costos operativos adicionales.
Pero el daño no sólo se mide en pesos. También se mide en clientes que no llegaron, turistas que cancelaron, mercancías que no circularon, trámites que se detuvieron, empleos que se pusieron en riesgo y confianza que se pierde.
Quienes sostienen la economía también tienen derechos.
La segunda tensión está en el Mundial.
México está a días de recibir al mundo. Millones de miradas estarán puestas en nuestro país, no sólo por el futbol, sino por nuestra capacidad de organización, movilidad, seguridad, hospitalidad y orden público. Un Mundial no se juega únicamente en la cancha; también se juega en aeropuertos, hoteles, restaurantes, calles, mercados, centros históricos, comercios y servicios turísticos.
Joseph Nye desarrolló el concepto de poder suave: la capacidad de un país para influir, atraer y generar confianza no por la fuerza, sino por su cultura, sus valores, su reputación y la forma en que se presenta ante el mundo. En ese sentido, el Mundial 2026 será una vitrina de poder suave para México.
Cada visitante que llegue al país será también un observador. Cada experiencia contará: la movilidad, la seguridad, la limpieza, la atención, el comercio, la gastronomía, la cultura, la hospitalidad y la posibilidad de regresar. La imagen país no se construye sólo con campañas; se construye con lo que el visitante vive, siente, consume y recomienda.
La coyuntura lo vuelve más delicado. La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey tendrán una atención internacional extraordinaria, al mismo tiempo que el país enfrenta presiones por movilizaciones, plantones y bloqueos. Esa combinación obliga a actuar con responsabilidad: el derecho a protestar debe convivir con el derecho de millones de personas a transitar, trabajar, consumir, visitar y disfrutar el país.
Para México, el Mundial 2026 debe ser mucho más que una fiesta deportiva. Debe ser una oportunidad para proyectar confianza, atraer turismo, impulsar consumo y fortalecer a los negocios familiares.
Y aquí los datos vuelven a ser relevantes: si las MIPYMES aportan más de la mitad del PIB y concentran la mayor parte del empleo, entonces el Mundial debe llegar a ellas. No basta con llenar estadios; hay que llenar restaurantes, hoteles, mercados, agencias de viaje, comercios, corredores turísticos y centros históricos.
El reto es claro: que el visitante no sólo venga a un partido, sino que descubra México, compre en México, coma en México, viaje por México y quiera regresar a México.
Pero esa oportunidad puede perderse si normalizamos el desorden, los bloqueos o la improvisación. El turismo vive de la experiencia, y la experiencia empieza desde que un visitante pisa una ciudad: si puede moverse, sentirse seguro, consumir, disfrutar, regresar y recomendar.
El Mundial no puede ser rehén de la coyuntura. Debe ser una plataforma para mostrar el mejor rostro de México.
La tercera tensión está en el T-MEC.
Mientras discutimos bloqueos en las calles y movilidad en las ciudades sede, también se abre otro frente menos visible, pero igual de importante: la revisión del T-MEC en clave digital. La conversación ya no es sólo de aranceles, reglas de origen o comercio tradicional. Ahora entran temas como inteligencia artificial, datos, comercio electrónico, propiedad intelectual, ciberseguridad y competitividad de las MIPyMEs.
Klaus Schwab planteó que la Cuarta Revolución Industrial transformaría profundamente la manera en que producimos, consumimos, trabajamos y nos relacionamos. Esa transformación ya llegó. La inteligencia artificial, la automatización, los datos y las plataformas digitales no son futuro: son presente.
Pero aquí aparece otra tensión. Mientras las grandes empresas discuten algoritmos, automatización y análisis de datos, millones de pequeños negocios apenas están entendiendo cómo usar herramientas digitales para vender más, atender mejor, facturar, administrar inventarios o comunicarse con sus clientes.
La inteligencia artificial es una herramienta indispensable, pero todavía poco entendida por muchas empresas. Por eso, México no puede llegar a la revisión del T-MEC pensando sólo en grandes corporativos o cadenas globales. Debe llegar con una visión clara: la economía digital también debe servir a la tiendita, al restaurante familiar, al prestador de servicios, al hotel pequeño, al emprendedor turístico y al comercio local.
Aquí el desafío es enorme. Del total de MIPYMES, 67% opera en la informalidad. En las microempresas, la informalidad alcanza 75%. Esto significa que la digitalización, la inteligencia artificial y la integración al comercio de Norteamérica no pueden pensarse sólo como una agenda tecnológica; deben ser también una agenda de formalización, capacitación, productividad y acceso.
Si la IA se queda sólo en manos de quienes ya tienen capital, talento y tecnología, ampliará brechas. Si se democratiza, puede ayudar a que millones de negocios familiares vendan mejor, administren mejor, atiendan mejor y compitan mejor.
La revisión del T-MEC debe entenderse así: no sólo como una negociación comercial, sino como una definición del lugar que México quiere ocupar en la economía digital de Norteamérica.
La agenda de esta semana, entonces, no es dispersa. Es una sola agenda con tres escenarios.
En la calle, necesitamos una nueva cultura de manifestación.
En el Mundial, necesitamos cuidar la imagen de México.
En el T-MEC, necesitamos defender el futuro digital de nuestras empresas.
Jane Jacobs nos recuerda que la economía real vive en las calles y en los pequeños negocios. Joseph Nye nos enseña que la reputación de un país también es una forma de poder. Klaus Schwab advierte que la tecnología está transformando la economía y que quienes no se adapten quedarán rezagados.
Tres tensiones. Una misma responsabilidad.
México no puede avanzar si quienes producen, venden, atienden, reciben turistas y generan empleo quedan atrapados entre bloqueos, incertidumbre y brechas tecnológicas.
La semana que inicia debe recordarnos algo esencial: el desarrollo no se construye deteniendo al país, sino poniéndolo en movimiento; no se defiende afectando a terceros, sino generando soluciones; no se gana mirando sólo al pasado, sino preparando a los negocios familiares para competir en el presente y en el futuro.
Quienes sostienen la economía también tienen derechos. Y esta semana, México debe demostrar que puede escuchar, dialogar, recibir al mundo y modernizarse sin dejar atrás a quienes todos los días levantan la cortina.
Por: Octavio de la Torre
Presidente de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo de México / Asamblea Nacional de Empresas y Negocios Familiares G32.
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