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Gobernar la economía familiar: de Don Quijote a la crisis del capitalismo democrático.

Publicado el 20 de abril, 2026
Gobernar la economía familiar: de Don Quijote a la crisis del capitalismo democrático.
imagen: Columnista de opinión Octavio de la Torre Stéffano / Nw En Español Baja California.

Cuando Don Quijote aconseja a Sancho Panza antes de asumir el gobierno de la Ínsula Barataria, no le entrega un manual de poder; le entrega una lección de prudencia, justicia y humildad. Le recuerda que quien gobierna debe conocerse a sí mismo, escuchar antes de decidir, no dejarse llevar por la soberbia y ejercer la autoridad con templanza. En el fondo, Cervantes nos dice algo profundamente vigente: gobernar no es mandar; gobernar es cuidar.

Esa enseñanza atraviesa los siglos y llega hasta nuestro tiempo. Hoy, cuando el mundo discute la crisis del capitalismo democrático, como lo plantea Martin Wolf, el problema central vuelve a ser el mismo: cómo construir instituciones que no pierdan de vista a la gente. Una democracia no se sostiene solo con elecciones, ni una economía se legitima solo con cifras. Ambas necesitan confianza, movilidad social, reglas claras y esperanza compartida.

México tiene ahí una oportunidad histórica. En el primer piso de la transformación, el bienestar fue escudo para resistir. En este segundo piso, debe convertirse en piso firme para crecer con dignidad. Ya no basta con aliviar; ahora toca impulsar. Ya no basta con transferir; ahora toca construir estructura productiva desde abajo.

Y ese sujeto productivo tiene nombre: negocio familiar.

El negocio familiar es el Sancho de nuestra economía: cercana, trabajadora, práctica, de tierra firme. No habla con tecnicismos, pero entiende el costo de abrir una cortina cada mañana. No presume grandes discursos, pero sostiene empleos, barrios, colonias, mercados, comunidades y municipios. Es el taller, la tienda, la fonda, el restaurante, la papelería, el pequeño hotel, la estética, el comercio de barrio. Es el pueblo que produce.

Los datos confirman su peso. En México existen 6.1 millones de MIPYMES (negocios familiares), que representan el 99.8% de las unidades económicas del país. Las microempresas concentran el 94.3% y las pequeñas empresas el 4.7%; ahí vive el universo de negocios familiares. Pero también ahí está el mayor desafío: solo 33% de las MIPYMES son formales y 67% permanecen en la informalidad. En las microempresas, la informalidad llega al 75%.

Si Don Quijote le pedía a Sancho gobernar con justicia, México debe gobernar su economía con la misma prudencia. No se puede exigir formalidad sin construir condiciones para que formalizarse sea posible. No se puede pedir cumplimiento si el camino está lleno de trámites, costos, inseguridad, incertidumbre y poca recompensa. La formalidad debe ser una puerta hacia derechos, crédito, capacitación, seguridad social y futuro; no una muralla que expulse a quienes quieren crecer.

Martin Wolf advierte que el capitalismo democrático se debilita cuando millones de personas sienten que el sistema ya no les ofrece movilidad ni pertenencia. En México, esa fractura puede verse en cada negocio familiar que quiere avanzar, pero se enfrenta a fricciones acumuladas: reglas confusas, falta de financiamiento, inseguridad, extorsión, cargas crecientes y ausencia de acompañamiento.

La extorsión, especialmente, es un impuesto criminal. No solo quita dinero: quita esperanza. Cierra negocios, destruye empleos, rompe comunidad y convierte el miedo en una variable económica. Por eso, proteger a los negocios familiares también es una política de paz. Donde hay negocios abiertos, empleo local y comunidad organizada, hay más arraigo, más orden y más estabilidad social.

Generamos 50.6 millones de empleos, equivalentes al 85.1% del empleo total del país. Además, participamos con el 70.7% del empleo formal y concentramos el 96.7% del empleo informal. Esto significa que cualquier política seria de empleo, seguridad social, formalización y movilidad social debe pasar necesariamente por nosotros.

El negocio familiar no pide privilegios. Pide piso parejo. Pide reglas claras. Pide seguridad. Pide que el Estado acompañe, no asfixie. Pide que se entienda que detrás de cada negocio hay una familia, y detrás de cada familia hay una comunidad.

Cervantes también le recuerda a Sancho que no debe olvidar de dónde viene. Esa frase debería aplicarse a la política económica nacional. México no debe olvidar de dónde viene su fuerza productiva: de millones de familias que todos los días trabajan sin reflectores. De quienes sostienen la economía de mostrador. De quienes generan empleo antes que discursos. De quienes convierten el esfuerzo diario en patrimonio, herencia y futuro.

Generamos el 52% del PIB nacional, mientras que las grandes empresas aportan el 48%. Es decir, más de la mitad de la riqueza del país nace de micro, pequeñas y medianas empresas, familiares, muchas de ellas trabajando con márgenes reducidos, poca asesoría y alto riesgo. Fortalecerlas no es una concesión: es una estrategia nacional porque generamos paz social, comunidad, identidad.

Por eso México necesita un nuevo contrato de prosperidad.

El Estado debe simplificar, acompañar, financiar, proteger y ordenar reglas para liberar energía productiva. El negocio familiar debe comprometerse con el arraigo, el empleo digno, el cumplimiento gradual y el crecimiento responsable. Y la sociedad debe valorar el consumo local como un acto de bienestar: cada compra en un negocio familiar sostiene empleo, activa el mercado interno y fortalece comunidad.

La prosperidad compartida no se decreta: se construye. Y se construye desde abajo, con quienes producen todos los días.

Si Don Quijote enseñó a Sancho que el poder debe ejercerse con justicia y humildad, nuestro tiempo exige entender que la economía también debe gobernarse así: con prudencia, con cercanía y con sentido humano.

Porque cuando el negocio familiar prospera, la comunidad se ordena.
Cuando la comunidad se ordena, la nación se fortalece.
Y cuando el pueblo que produce encuentra piso firme para crecer, la democracia recupera su sentido más profundo: servirle a la gente.

El negocio familiar es el corazón del México que trabaja, produce y sostiene el futuro.

Por: Octavio de la Torre Stéffano, Presidente Nacional de CONCANACO y SERVITUR México.

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