

Reflexionemos sobre la soberanía nacional. De acuerdo con Ana López Martín (Los Estados «Fallidos» y sus implicaciones en el ordenamiento jurídico internacional, 2011) lo que hace fallido a un Estado es el rompimiento del orden legal – constitucional, al perder el Estado el monopolio legítimo de la fuerza. Ahí tenemos Juchitán, Sinaloa, Tabasco o Guerrero, pero también la inútil prohibición de publicar memes. Otra característica identificada, es la incapacidad de dar respuesta a las necesidades básicas de su población. Está a la vista en los resultados de la prueba PISA, el clamor de los menores con cáncer, los índices de embarazo adolescente o la dolorosa cruzada de las madres buscadoras. Una tercera, es la «ausencia de una institucionalidad consistente y reconocible, capaz de representar al Estado ad intra ante su población y ad extra hacia el exterior». Los casos de linchamiento, bloqueos de vías de comunicación, reclutamiento de menores de edad por organizaciones delictivas, ataques en contra de policías y militares, tienen el común denominador de la ausencia del Estado en el terreno. Debe reconocerse que el gobierno mexicano le ha «quedado chico» a su territorio y a su población. Ello explica la guerra de 1848 y la persistente migración económica. Al exterior, México se ha autoimpuesto un ostracismo bajo la falsa premisa de que «la mejor política exterior es la interior». El mensaje de México en la reciente Asamblea General de Naciones Unidas tuvo igual o menor audiencia que el de Israel… por la misma razón: ilegitimidad.
López Martín afirma que «Derivadas de las anteriores condiciones, emergen y se reproducen organizaciones armadas, mafias, guerrillas, paramilitares, señores de la guerra, quienes desafían el monopolio Estatal de la fuerza y operan generalmente en sustitución del Estado». Tiene razón: el Estado Nacional «fallido» se caracteriza por la incapacidad estructural de ejercer soberanía. Ese vacío institucional es ocupado física e ideológicamente por representantes de lo que Kofi Annan identificó, en diciembre de 2000 como la sociedad «incivil».
Por su parte, Silvia López González (La Securitización frente al Estado Fallido, 2025) identifica doce indicadores de inestabilidad nacional. Veamos la teoría y contrastémosla con la realidad:
1). Presión demográfica creciente. La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI indica que el Bono Demográfico se reduce, en 20 años seremos más viejos y más enfermos.
2). Movimientos masivos de refugiados y desplazados internos. Según cifras del INEGI, esto afecta a 509,917 hogares concentrados en 662 municipios de Chiapas, Sinaloa, Chihuahua, Michoacán y Zacatecas.
3). Descontento general grupal y búsqueda de venganza. Las marchas y protestas que suceden diariamente en la Ciudad de México lo constatan.
4). Constante-éxodo de población. En julio de 2024 seiscientos chiapanecos cruzaron la frontera con Guatemala para pedir refugio que les fue concedido, por razones humanitarias.
5). Desarrollo desigual entre grupos. Almicar Olán viviendo en Lugano, Suiza lo dice todo.
6). Crisis económica aguda o grave. México se enfila a otra década perdida según el Estudio Económico de América Latina y el Caribe 2026 de la CEPAL.
Sigamos con el recuento:
7). Criminalización y deslegitimación del Estado. México Evalúa estima que únicamente el 9 % de los delitos cometidos son denunciados, y aun así las Fiscalías están rebasadas.
8). Deterioro progresivo de los servicios públicos. La merma verificada en la cobertura de vacunación provoca que desde principios de 2025 y hasta septiembre de 2026 México enfrente un brote de sarampión que acumula casi 20 mil casos confirmados y decenas de muertes.
9). Violación extendida de los derechos humanos. La impunidad en la investigación de homicidios de periodistas y defensores de Derechos Humanos ya hace de México un caso paradigmático según la organización Articulo 19 y el Centro de Derechos Humanos de la Universidad de la Universidad de California en Berkeley.
10). Aparato de seguridad que supone un «Estado dentro del Estado». La progresiva militarización de las estructuras de seguridad pública y los caos de corrupción de Generales y Almirantes son indicadores elocuentes de deterioro institucional y de desconfianza pública.
11). Ascenso-prominencia de élites «faccionalizadas-sectorizadas». Las duplas Esquivel-Riobóo, García Sepúlveda-Rodríguez Cantú o Ávila Olmeda-Torres son solo ejemplos de la nueva oligarquía rampante.
12). Intervención de otros factores externos. La operación de estaciones rusas y de agentes de la DEA en México, indican que se ha perdido el respeto allende nuestras fronteras porque hemos perdido capacidades institucionales.
Sebastían Mazzuca (Capacidad de Estado. Clarificaciones Conceptuales, 2025) afirma «Autonomía es la facultad de decidir los propios fines sin interferencia de otros actores… Lo opuesto de la autonomía es la captura, a manos de clases sociales o políticas». Debe concluirse que México ha devenido menos autónomo, si alguna vez lo fue, bajo el dominio de príistas, panistas, morenistas y de empresarios cómplices. Por otra parte, «Capacidad es el conjunto de medios de que dispone el actor en cuestión para alcanzar sus fines. Poder se refiere a la capacidad de conseguir el objetivo aún en contra de la voluntad de otros actores». Entonces, México pierde ha perdido poder nacional en la medida que diluyó capacidades de gestión de la educación pública a manos de un sindicato mafioso, de la salud pública a manos de una burocracia amateur, de la seguridad pública a manos de organizaciones delictivas, del desarrollo sostenible a manos de neo-empresarios inescrupulosos.
La soberanía es una condición variable. Acrece a medida que se desarrollan capacidades cardinales internas (seguridad interior) o externas (seguridad exterior). Ejercerlas articuladamente bajo un concepto estratégico redunda en elevar el nivel de la seguridad nacional. Se pierde con los fenómenos como los citados.

