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Perfil verificado

Publicado el 29 de abril, 2026
Perfil verificado

Nos conocimos en algo que no prometía nada.

Un encuentro rápido, de esos que no parecen importantes en el momento pero que se quedan. Hubieron risas fáciles, conversaciones que fluyen sin esfuerzo, esa sensación engañosa de que con ciertas personas el tiempo funciona distinto. Después vino lo demás: vernos más seguido, quedarnos más tiempo, empezar a ocupar espacio en la vida del otro sin decirlo en voz alta. No fue inmediato, pero tampoco lento. En algún punto ya estábamos ahí, en esa zona donde una relación deja de ser tentativa y se vuelve cotidiana.

Pasaron poco más de dos años.

Lo suficiente para pensar que todo iba bien. No perfecto, no espectacular, pero bien. Había planes pequeños, rutinas compartidas, una idea más o menos clara de hacia dónde íbamos. Nada grandilocuente, pero sí suficiente como para quedarse.

Por eso cuando alguien de la oficina mencionó su nombre junto al de una app de citas, no lo creí.

No porque fuera imposible. Sino porque no encajaba con la versión que yo había decidido sostener. Lo dejé pasar. O intenté. Pero la duda se quedó, y cuando la duda se queda empieza a filtrarse en todo, lenta, como humedad detrás de una pared que por fuera todavía parece entera.

No sé en qué momento decidí comprobarlo. No fue impulso. Fue desgaste.

Una tarde después del trabajo, sola, con una cerveza a medias y el teléfono en la mano, abrí la app. Creé una cuenta con una foto que no era mía, un nombre que no era el mío, una versión de alguien que él podría querer conocer. Lo busqué. Y ahí estaba.

No tuve que pensar mucho. Era él.

Pero lo que me detuvo no fue encontrarlo. Fue leerlo.

La forma en que se describía no tenía nada que ver con lo que yo conocía. Hablaba de intereses que nunca le vi, de una personalidad más ligera, más disponible, más conveniente. Decía que no fumaba. Eso me quedó sonando. Porque vaya que fumaba. Llevaba años fumando. Era uno de esos detalles tan cotidianos que una deja de notar, como el ruido del extractor o el chirrido de una puerta. Y ahí, en cuatro líneas de perfil, lo había borrado. Como si pudiera elegir qué partes de sí mismo existían dependiendo de quién miraba.

No sólo mentía sobre su estado de pareja. Eso era lo esperado, lo que una se imagina cuando piensa en estas cosas. Mentía sobre quién era.

Me quedé más tiempo del que habría querido, volviendo a leer, buscando algo que me permitiera pensar que estaba exagerando. Que había otra explicación. Que yo estaba construyendo una historia a partir de nada.

Pero no.

Había algo deliberado en esa versión. Algo construido con cuidado, como quien sabe exactamente qué poner en el escaparate y qué guardar en el fondo.

Entonces le escribí. No como yo. Como ella, la que había inventado.

Respondió de inmediato.

Sin pausa. Sin duda. Con una naturalidad que no dejaba lugar a interpretación, como si esa otra versión no fuera un juego sino otra forma válida de existir. Conversamos lo suficiente para entender cómo funcionaba. Cómo elegía qué mostrar, qué omitir, cómo se acomodaba en esa narrativa paralela sin que pareciera incomodarle. Era atento. Era gracioso. Hacía preguntas. Se interesaba.

Todo lo que, en persona, últimamente, no era.

Eso fue lo más desconcertante, más que cualquier otra cosa. No tuve que hacer mucho para tener su atención. Un par de frases. Una foto que no era mía. Mientras que en la vida real llevaba semanas hablándole a alguien que respondía con la pantalla del celular encendida hacia otro lado, como si yo fuera ruido de fondo en su propia casa.

Ahí entendí que el problema no era lo que me había hecho a mí.

Era que ni siquiera estaba siendo él en ningún lado.

Después de eso todo empezó a cambiar, pero no de golpe. No hubo confrontación dramática ni un momento limpio de ruptura. Lo que hubo fue una especie de descomposición lenta. Empecé a notar cosas que antes habían pasado sin peso: versiones ligeramente distintas de lo que había ocurrido, detalles que no coincidían del todo, comentarios pequeños que antes habrían resbalado pero que ahora tenían otro grosor.

Porque una vez que ves la grieta, ya no puedes dejar de verla.

Y la relación empezó a sentirse ajena. No insostenible de inmediato, pero sí como si hubiera una capa invisible entre lo que era y lo que parecía. Como si estuviéramos actuando una versión de algo que en algún momento había sido real pero que ya no lo era del todo, y ninguno de los dos terminara de decirlo en voz alta.

Lo más difícil no fue aceptar que buscara a otras personas, sino que la persona que yo creía conocer tampoco existía del todo. Y que yo también había participado en eso. Había completado huecos. Había asumido coherencias. Había sostenido una versión que me hacía sentido, aunque las costuras ya se estuvieran soltando.

Cuando terminamos no hubo revelación ni transformación. No hubo claridad inmediata ni una nueva versión de mí lista para empezar. Hubo silencio. Días sin forma. Un vacío que no era exactamente por él sino por lo que había dejado de tener sentido. Durante un tiempo pensé que lo iba a extrañar.

Pero no.

Con los meses eso se fue acomodando. No de forma espectacular. Simplemente dejó de pesar. Tardé en entender que no había nadie concreto a quien extrañar. Que la relación había existido en ese espacio intermedio donde dos personas sostienen versiones distintas de lo mismo y ninguna termina de coincidir con la otra.

Él se inventó para caber en un perfil.

Yo lo completé para caber en una historia.

Y entre esas dos ficciones existimos en dos años que fueron reales, que dolieron de verdad, que dejaron algo.

Sólo que ese algo no era él. Era yo, aprendiendo a distinguir lo que elegí ver de lo que realmente estaba ahí.

A veces no se trata de superar a alguien.

Se trata de reconocer que lo que perdiste no era exactamente real. Y que eso, lejos de ser un consuelo, es la parte más difícil. Porque significa que el trabajo no era conocerlo mejor a él.Era verme mejor a mí.

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