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El punto ciego

Publicado el 18 de abril, 2026
El punto ciego

Conozco el momento.

No porque me haya pasado algo grave. Sino porque me ha pasado suficientes veces lo pequeño como para saber exactamente cómo se siente el segundo antes.

El volante en las manos. La ruta conocida. La música o un pensamiento que empezó siendo breve y se fue volviendo largo sin que nadie lo autorizara. Y entonces algo se mueve en el borde del campo visual. Un cuerpo. Una sombra. Una decisión ajena que cruza justo donde estaba el hueco de tu atención.

El pie en el freno.

El corazón dos tiempos después.

Y luego esa respiración que no es alivio todavía. Procesando que pudo haber sido distinto.

He estado ahí varias veces. Del lado del volante y del lado de la banqueta. Y lo que más me ha quedado de esas fracciones de segundo no es el susto. Es lo que viene después, cuando el peligro ya pasó y uno se queda parado en el mismo lugar preguntándose en qué estaba pensando.

Casi siempre la respuesta es: en algo que no era eso.

Los neurocientíficos tienen décadas diciéndonos lo que el cuerpo ya sabe pero ignora: el cerebro no hace multitarea. Lo que hace es alternar. Saltar entre focos de atención a una velocidad que se siente como eficiencia pero que deja huecos. Microsegundos en los que no estamos del todo. Pequeñas ausencias que no se sienten como ausencias porque duran menos que un parpadeo.

Puntos ciegos.

No son metáfora. Son anatomía.

Todos los tenemos. En el ojo, literalmente: hay un lugar en la retina donde no hay receptores, donde la visión simplemente no existe, y el cerebro lo rellena con lo que calcula que debería haber. La mayoría del tiempo acierta. Pero a veces lo que calcula que debería haber no es lo que hay.

Y a veces ahí hay alguien.

Lo más perturbador del riesgo vial no es la velocidad ni la imprudencia obvia. Es la normalidad. Ese estado en el que el cuerpo ya aprendió la ruta y la mente se considera libre para irse a otro lado. La música que conoces. El camino que has recorrido cien veces. La confianza que se acumula sin que nadie te la cobre hasta que de pronto sí.

Ahí es exactamente donde ocurre.

Porque el peligro no siempre llega disfrazado de peligro. A veces llega disfrazado de martes.

Y entonces pensé en el amor. No como metáfora fácil sino como reconocimiento genuino: enamorarse requiere exactamente la misma clase de atención que más fácil se pierde. Uno entra creyendo que ve. Que mide. Que entiende el terreno, conoce las señales, sabe cuándo frenar. El cerebro hace lo mismo que hace en la carretera: completa, proyecta, rellena los huecos con lo que quiere que esté ahí. Y uno avanza. Y avanza. A veces terminasrecorriendo caminos desconocidos mucho antes de decidir recorrerlos.

Hay decisiones que se toman un segundo antes de entenderlas. Impactos que no suenan como impacto.

Me he preguntado muchas veces qué nos hace creer que podemos dividir la atención sin perder algo. En la carretera, en una relación, en la vida cotidiana. Como si la conciencia fuera elástica y no frágil. Como si el costo de no estar siempre se cobrara de inmediato y no en diferido, acumulado, silencioso, hasta que un día algo aparece en el punto ciego y ya no hay tiempo de frenar.

Volvía a la escena una y otra vez. Buscando el segundo exacto donde se abrió la grieta. Donde terminó lo que creía que estaba pasando y empezó lo que realmente pasaba. Pero no hay un segundo claro. Nunca lo hay. El punto ciego no tiene bordes. No avisa. Es simplemente el lugar donde la percepción se interrumpe y uno no lo sabe porque justo ahí no puede verse.

Lo que me quedó no fue el susto.

Fue entender, despacio, que yo no estaba del lado que había asumido al contarme esta historia. Que, en el momento más cercano al impacto, no estaba detrás del volante.

Fui yo, quien cruzó. Quien confió en que alguien más estaba viendo, ser visto o no acá si te cuesta la vida.

Esta vez no pasó nada. Pero pudo haber pasado. Y eso es exactamente lo que queda cuando algo no ocurre pero estuvo a punto: no la escena, no el golpe, sino la imagen de lo que habría sido. Esa película breve e involuntaria que el cerebro proyecta en el segundo del frenazo y que uno nunca termina de ver entera porque no hace falta.

Desde entonces cruzo distinto. No más lento ni más rápido. Sólo más consciente de que hay algo que ninguno de nosotros puede hacer aunque lo intente: estar completamente en dos lugares al mismo tiempo. Y que cada vez que dividimos la atención pagamos un costo. No siempre visible. No siempre inmediato.

Pero siempre real.

El camino no espera a que terminemos de pensar en otra cosa. Sigue. Abierto. Lleno de gente que avanza creyendo que ve todo mientras está alternando entre muchas cosas que nubla la vista, la atención.

Y de vez en cuando, en algún punto ciego de alguien, hay alguien más. Cruzando.Confiando. Sin saber todavía si va a ser visto.

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