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El incendio de al lado

Publicado el 6 de enero, 2026
El incendio de al lado

No me pasó a mí. O eso creí.

Le pasó a una amiga un jueves por la noche, estábamos sentadas en su sala, con una copa de vino que nadie parecía estar disfrutando del todo. Me habló de su separación sin llorar. Dijo que no hubo gritos ni traiciones, que nadie levantó la voz. Lo dijo casi con alivio, como si la ausencia de drama hiciera la historia menos grave.

Me contó detalles mínimos: que llevaban meses durmiendo con una distancia exacta, suficiente para no tocarse, suficiente para no hablarlo. Que empezó a notar que él llegaba tarde y ya no le molestaba. Que un día entendió que eso —la indiferencia— era peor que cualquier discusión. “Cuando dejó de dolerme, supe que ya era tarde”, dijo.

Yo asentía.
Escuchaba con atención.
Pensaba que estaba siendo empática.

Realmente, sin hacerlo con plena conciencia estaba tomando nota.

Días después, mi vecino bajó las cajas de su departamento. Tres viajes, una camioneta rentada, nadie ayudándolo. Me dijo en las escaleras que lo habían recortado, que no era grave, que a veces esas cosas pasan “para bien”. Lo dijo con esa sonrisa tensa que aparece antes de hacer las cuentas de verdad. Dos semanas más tarde supe que estaba vendiendo el coche.

Luego llegó el mensaje de una conocida que no es de la Ciudad, a las once de la noche. Preguntaba si tenía el contacto de algún médico. “Nada grave”, escribió. “Solo cansancio.” Meses después, el diagnóstico llegó con la brutalidad que tienen las cosas cuando se atienden tarde, cuando ya no hay margen para fingir que no estaba ahí.

No eran tragedias.
Eran avisos.

Empecé a notar el patrón. No porque fuera particularmente lúcida, sino porque se repetía demasiado. Nadie veía venir lo que ya llevaba tiempo anunciándose. No por ignorancia, sino por esa esperanza obstinada de que lo incómodo se acomoda sólo si no se le mira fijamente.

Susan Sontag escribió que la enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más onerosa. Nadie quiere tramitar ese pasaporte antes de tiempo. Nadie quiere aceptar que algo se está rompiendo mientras todavía funciona “más o menos”.

Leí que la mayoría de las separaciones no ocurren por una pelea grande, sino por un desgaste silencioso. Que las personas suelen ignorar síntomas físicos durante meses antes de acudir a consulta. Que las crisis económicas siempre se anuncian primero en conversaciones pequeñas, casi casuales, dichas en voz baja.

La información estaba ahí.
Lo que faltaba era mirarla sin soberbia.

Sin darme cuenta, algo empezó a moverse en mí. No fue miedo. Fue atención. Empecé a hacer preguntas que antes evitaba. A revisar cosas que funcionaban “suficientemente bien”. A guardar dinero sin un objetivo claro. A pedir estudios que no urgían. A hablar cuando todavía no había enojo. A reparar cosas en casa aun cuando “aún funcionaran”.

No por paranoia.
Por respeto.

Se dice que la verdadera generosidad es esto de dar sin esperar nada a cambio, pero nadie nos enseña que a veces la generosidad también consiste en aprender del dolor ajeno sin convertirlo en espectáculo, sin creer que estamos a salvo por no ser los protagonistas.

Para mí, aprender en cabeza ajena no es oportunismo. Es comunidad. Es aceptar que no vivimos aislados, aunque nos contemos la historia de que cada quien carga con lo suyo.

La ficción nos tranquiliza porque siempre llega tarde. Ordena los hechos, les da sentido cuando ya pasó todo. La realidad no se toma esa molestia. La realidad se anuncia en historias ajenas, en grietas pequeñas, en incendios que empiezan lejos pero terminan poriluminar todo el barrio.

No hace falta que sea tu casa la que se queme para notar el olor a humo.
A veces basta con no mirar hacia otro lado.

Nos gusta creer que cada historia ocurre en aislamiento. Que lo que le pasa al de al lado no nos toca. Pero la vida insiste en lo contrario. Insiste en mostrarnos primero las señales afuera, como si nos diera una oportunidad.

Ahí la empatía deja de ser un gesto bonito y se vuelve responsabilidad.
Mirar.
Escuchar.
Aprender antes.

Porque hay cosas que se aprenden a tiempo…
o no se aprenden nunca.

Y casi siempre, la diferencia está en si decidiste mirar cuando todavía era posible hacer algo.

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