

Los datos de la ENSU 2026 confirman que la percepción de inseguridad no se combate únicamente con patrullas. La rehabilitación del entorno urbano (el bacheo, el alumbrado público, los parques, las calles limpias) es parte indivisible de cualquier estrategia real.
En Baja California, ese déficit cuesta libertad.
La inseguridad en México dejó de ser solamente una estadística. Hoy condiciona horarios, modifica trayectos, altera hábitos familiares y redefine la manera en que millones de personas habitan sus ciudades. Los resultados más recientes de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), publicados por el INEGI y correspondientes al primer trimestre de 2026, confirman que el país sigue atrapado en una paradoja: hay ligeras mejoras en algunos indicadores, pero persiste una percepción ciudadana profundamente marcada por el miedo, la desconfianza y la incertidumbre.
A nivel nacional, el 61.5% de la población considera inseguro vivir en su ciudad. La cifra representa una reducción frente al trimestre anterior 63.8%, pero el dato de fondo sigue siendo contundente: seis de cada diez mexicanos continúan percibiendo que su entorno urbano no les garantiza tranquilidad.
La brecha de género vuelve a exhibir una realidad estructural: el 67.2% de las mujeres se sienten inseguras, frente al 54.6% de los hombres. No es un detalle menor. Habla de ciudades diseñadas sin perspectiva de seguridad cotidiana para quienes más vulnerabilidad enfrentan en calles, transporte y espacios públicos. Una ciudad que no puede garantizarles seguridad a las mujeres en el trayecto al trabajo, en el mercado o en el parque, no es una ciudad funcional: es una ciudad fallida en uno de sus compromisos más básicos.
Baja California: percepción alta, desafíos persistentes
Si el promedio nacional ya es preocupante, Baja California mantiene focos rojos que obligan a una lectura regional más profunda. Los datos de la ENSU muestran que ciudades estratégicas del estado continúan ubicándose por encima (o muy cerca) de los niveles nacionales de percepción de inseguridad.
Lo relevante no es solo el número: es lo que ese número revela sobre la relación entre la ciudadanía y sus instituciones, y sobre la calidad del espacio urbano que habitan.
PERCEPCIÓN DE INSEGURIDAD POR CIUDAD · BAJA CALIFORNIA · 1T 2026
Mexicali, la capital del estado, registró el 73.8% de percepción de inseguridad en marzo de 2026. Aunque presenta una ligera disminución frente al trimestre previo 76.9%, sigue colocándose como la ciudad de Baja California con mayor sensación de riesgo entre las evaluadas.
Mexicali enfrenta una combinación compleja: expansión urbana acelerada, delitos patrimoniales, violencia focalizada y desgaste institucional.

En Tijuana, la cifra alcanzó el 65.9%, apenas por debajo del trimestre anterior 66.9%.
La variación es mínima, lo que revela estabilidad… pero en niveles altos. La ciudad fronteriza carga con factores singulares: movilidad masiva, presión migratoria, mercado binacional, alta densidad poblacional, economías ilícitas transfronterizas y una demanda constante de servicios públicos y seguridad.
Rosarito, por su tamaño y dinámica metropolitana con Tijuana, suele reflejar fenómenos compartidos con la zona costa: robo, movilidad deteriorada, saturación vial, crecimiento inmobiliario acelerado y necesidad de mayor presencia preventiva.
Ensenada, por su parte, enfrenta la paradoja de ser una ciudad con proyección turística e industrial donde la seguridad impacta directamente en la inversión, la imagen urbana y la calidad de vida.
“Una ciudad donde la gente teme caminar, usar un cajero o dejar salir a sus hijos es una ciudad con libertad restringida. Y esa factura, tarde o temprano, la paga toda la comunidad.”
Dónde se siente más el miedo
La ENSU no solo pregunta si la gente se siente insegura; también identifica los espacios donde ese temor se vuelve concreto. A nivel nacional, los lugares con peor percepción son los cajeros automáticos en vía pública 70.6%, las calles 65.3%, el transporte público 64.1% y las carreteras 60.1%.
En Baja California estos rubros adquieren una dimensión particular: las carreteras son nodos logísticos estratégicos; las calles son el escenario diario de millones de cruces fronterizos; y el transporte público sigue siendo una deuda histórica en cobertura, calidad y seguridad.
Entre las conductas delictivas o antisociales más observadas alrededor de las viviendas destacan el consumo de alcohol en la calle 57.7%, los robos o asaltos 45.5%, la venta o consumo de drogas 39.3% y los disparos frecuentes con armas 36.5%.
Este dato es clave: la percepción de inseguridad no nace solo del crimen organizado. También se alimenta de la incivilidad cotidiana, del desorden visible, del abandono del espacio público y de la ausencia de autoridad en lo elemental.
La ciudadanía no ve una mejora cercana
Quizá uno de los datos más reveladores del estudio no está en el presente, sino en la expectativa. El 30.1% cree que todo seguirá igual de mal; el 27.1% piensa que empeorará. Es decir, más de la mitad de la población no visualiza mejoras en el corto plazo. La inseguridad no solo erosiona la tranquilidad: también mina la esperanza. Cuando una sociedad deja de esperar resultados, el costo institucional es enorme. La ENSU también confirma que la inseguridad modifica conductas personales y familiares de manera profunda. El 43.7% dejó de llevar objetos de valor; el 39.1% evita caminar de noche; el 39.2% limita la salida de menores; y el 25.8% dejó de visitar familiares o amistades. No son simples decisiones individuales. Son indicadores de una sociedad que se adapta al riesgo en vez de vivir en libertad.
El entorno urbano como escudo o vulnerabilidad
Existe una verdad que la discusión sobre seguridad pública suele esquivar: la percepción de inseguridad no vive únicamente en el número de homicidios o en la presencia de cárteles. Vive también en la calle con baches que obliga a reducir la velocidad y a sentir que nadie cuida el territorio. Vive en el poste de alumbrado fundido que convierte una cuadra en espacio propicio para el delito. Vive en el grafiti sin borrar que señala abandono. Vive en la banqueta rota, en el parque descuidado, en el semáforo descompuesto que desordena el tráfico e impide que una ambulancia llegue a tiempo. La rehabilitación del entorno urbano y la recuperación de espacios públicos son, en ese sentido, política de seguridad. No metafóricamente: de manera directa y documentada. Las ciudades donde el Estado demuestra capacidad de gestión (con calles bien trazadas, espacios limpios, iluminación eficiente y mobiliario urbano en buen estado) generan en sus habitantes una sensación de presencia institucional que disuade el delito y reduce la percepción de riesgo. Para Baja California, donde el ritmo de crecimiento urbano ha superado históricamente la capacidad de los gobiernos municipales para acompañarlo, esta deuda es doble. La expansión sin planeación produce periferias sin servicios, colonias sin nombres visibles en las esquinas, avenidas sin señalamiento, parques que nadie usa porque nadie los mantiene. Ese paisaje de abandono es terreno fértil para la percepción (y la realidad) del riesgo.
Las acciones concretas que transforman la percepción
Combatir la inseguridad y revertir la percepción negativa exige un compromiso real con la rehabilitación de lo urbano. No como adorno ni como propaganda, sino como estrategia de presencia institucional sostenida. Las acciones son conocidas; lo que ha faltado es sistematización, continuidad y voluntad política para ejecutarlas a escala:
Cada uno de estos elementos tiene un efecto directo sobre la percepción de inseguridad.
Pero además tiene un efecto indirecto igualmente importante: un entorno urbano ordenado facilita la operación de los cuerpos de seguridad y emergencias. Una calle bien iluminada y balizadas ayuda a las patrullas a orientarse. Un semáforo sincronizado puede reducir en minutos el tiempo de respuesta de una ambulancia o un cuerpo de bomberos. La movilidad eficiente no es un lujo: es infraestructura de seguridad.
Baja California necesita más que patrullas
Los datos del INEGI sugieren una verdad incómoda: la seguridad pública no se resolverá solo con presencia policial. Baja California requiere una estrategia integral que combine inteligencia preventiva, recuperación de espacios públicos, movilidad segura, atención a adicciones, control interno policial, investigación criminal eficaz, coordinación metropolitana, participación ciudadana real y combate a la impunidad. La percepción importa porque condiciona economía, turismo, inversión y cohesión social. Pero la percepción también se construye (o se destruye) con lo que cada habitante ve al salir de su casa: si hay luz en el poste, si la banqueta está reparada, si el parque está limpio, si la esquina tiene nombre. Esos detalles no son menores. Son la diferencia entre una ciudad que el Estado habita y una ciudad que el Estado ha abandonado. Nw

