

Esta semana, un
académico publicó foto en Twitter, la cual mostraba a un grupo de alumnos de “estudios
de género”. Ya no existen los estudios de mujeres,
una disciplina ideada por feministas para dar voz y perspectivas a las mujeres
en los ámbitos de ciencias, sociología y demás, y para poner de relieve el
origen y el significado del término “opresión de las mujeres”.
“Género” es una
palabra más segura, porque incluye a los hombres. Sin embargo, volvamos a la
fotografía, en la que podías ver a unas mujeres tímidas, sonrientes, sentadas
en círculo en el suelo, y a un solo hombre, parado junto a la puerta. No tengo
una bola de cristal, pero me resultó evidente lo que iba a pasar con ese único
hombre en la clase. De alguna manera, todo se reduciría a él.
Muchas mujeres
de aquella habitación habrían deseado que fuera una clase exclusiva para
mujeres, a fin de que pudieran exponer verdades incómodas sobre las experiencias
singulares de crecer como mujeres en un patriarcado. Pero ahora, habrá otras
que lo defenderán, mimarán, y protegerán.
Cada vez que surja
en clase algo cierto, pero condenatorio, sobre los hombres, como que se ocupan
menos de la atención de los niños y el trabajo doméstico, y que reciben mejor
salario que las mujeres, siempre habará una intervención minúscula, como “a
excepción del presente” o “con Miguel no hay problema, claro”.
En los últimos
años, ha crecido el clamor de “necesitamos más hombres en el feminismo” y
“debemos incluir a más hombres”. Para contrarrestar las acusaciones de “odio
por el varón”, las feministas como yo tenemos que lidiar, continuamente, con
feministas más liberales y “divertidas” que se ponen de cabeza para convencer a
los hombres de que el feminismo fracasará sin su intervención. Sin embargo, el
objetivo fundamental del movimiento de liberación de la mujer es que desafía y
busca derrocar la supremacía masculina, y liberar a las mujeres de los
grilletes del patriarcado. Huelga decir que la mayoría de los hombres se opone
a esto, ya que pretendemos privarlos del privilegio que recibieron al nacer. En
suma, el feminismo es una amenaza para los hombres, y así debe ser.
Hashtags como
#HeForShe y libros seudo-feministas como Hot
Feminist no solo han servido de nada, sino que han obstaculizado el camino
hacia la igualdad. Cuando Owen Jones, columnista de The Guardian, escribió un artículo celebrando la iniciativa de Emma
Watson, logró erigirse en el tipo bueno sin hacer algo realmente. El día que
publicaron su artículo, la cuenta Twitter de Jones se llenó de elogios de
incontables mujeres. Fue un poco como esos hombres que dicen hacer de “niñeros”
de sus hijos o planchar sus camisas a veces. Las mujeres los describen como
“buenos” cuando, de hecho, apenas hacen un mínimo de lo que les corresponde.
“Los pobres hombres
también sufren a causa del sexismo”, lamentó Jones en su artículo, explicando
que Watson se hizo feminista porque compadecía a sus amigos varones, quienes no
podían manifestar sus emociones. No obstante las inquietudes de Watson por los
hombres de su vida, es típico que un hombre se las ingenie para hacer que el
feminismo incluya también a los hombres y sus “sentimientos”.
Imagina que un prominente
activista por los derechos civiles diga que está implicado en la lucha por las
libertades de los negros porque se siente mal por los sentimientos de los
blancos en este asunto.
Aunque concuerdo
con Watson en que los hombres están afectados por el patriarcado, la verdad es
que es un sistema que ellos mismos establecieron, y con una ventaja enorme a su
favor. Sí, algunos experimentan sentimientos de humillación y dudan de sí
cuando lloran o se ponen sentimentales por un gatito, pero ¿quién los atormenta
cuando esto les sucede? Otros hombres. Bajo la supremacía masculina, los
hombres son los policías incansables que muelen a palos a los hombres más
débiles. Es un problema que los hombres deben resolver entre ellos, y hacer el
tipo de trabajo en desmantelamiento de la construcción social de la
masculinidad que tan bien hace mi amigo, Jackson Katz, educador en
anti-sexismo.
Bajo la
supremacía masculina, los hombres son los policías incansables que muelen a
palos a los hombres más débiles.
Esto no es
problema ni responsabilidad de las mujeres, ni el papel del feminismo es correr
por ahí trapeando sus lágrimas y ofreciendo un pecho maternal en el que los
hombres puedan sollozar. Hoy día, las tasas de violación y violencia doméstica
son peores que nunca. La misoginia es desmedida, nos meten la pornografía hasta
por las narices, y la cultura masculina se está transformando en una cultura de
violación.
Cada vez con más
frecuencia, los hombres invaden y hasta dirigen sociedades estudiantiles
femeninas, y exigen formar parte del feminismo, porque excluirlos sería una expresión
del odio por el varón.
Necesitamos que
los hombres eduquen a otros hombres en la manera de conducirse como seres
humanos decentes, en vez de ponerse un traje de Batman y salvarnos del peligro.
Violencia
doméstica, violación, abuso sexual y explotación infantil, todos estos son problemas
masculinos. Son hombres, sobre todo, quienes cometen estos crímenes contra
mujeres y niñas. De ellos depende no cometer esos actos criminales y hacer que
otros hombres que los perpetran paguen por ello. Sí, te escucho gritar, “las
mujeres también”, y “los hombres sufren violencia doméstica”. Pese al hecho
irrefutable de que la enorme mayoría de estos crímenes son llevados a cabo por
hombres, hay quienes pelearán con todo lo que tienen para argumentar lo
contrario.
El feminismo
ciertamente necesita hombres. Los necesitamos para apoyar nuestros esfuerzos,
mas no para tomar el control. Necesitamos hombres para educar a otros hombres
en la manera de convertirse en mejores seres humanos, y no para ponerse un
traje de Batman y salvarnos del peligro. El feminismo
necesita hombres para apoyarnos en nuestros esfuerzos, no para colonizarnos en
beneficio propio.
Julie Bindel es reportera, escritora, locutora e
investigadora, y articulista regular en The Guardian, The New Statesman, The
Sunday Telegraph y la revista Standpoint. También es investigadora invitada de
la Universidad Lincoln.
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Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek

