Sobre el tapete está un apéndice especial al final del manual, en el que se expone una “técnica restringida para interrogar” llamada “Separación”. Ésta involucra colocar a un prisionero en aislamiento por 30 días o más, y puede usarse sólo en “combatientes enemigos ilegales” no protegidos por los Convenios de Ginebra, una serie de acuerdos internacionales que establecen los estándares para el trato humano de prisioneros. La meta de este método es disminuir la “resistencia del detenido al interrogatorio” y prolongar la “conmoción por la captura”. Si los detenidos no pueden ser aislados físicamente en celdas, a los interrogadores se les permite aplicar goles y orejeras, y a los cautivos se les debe permitir un mínimo de cuatro horas de sueño cada 24 horas.
Kleinman y Fallon piensan que esta técnica podría interpretarse para permitir métodos crueles, como el confinamiento prolongado en solitario y la privación del sueño y los sentidos. El sondeo de Kleinman de 2010 enumera una miríada de problemas mentales y psíquicos provocados por el confinamiento en solitario, como depresión, psicosis y afectación de la memoria. Naciones Unidas expresó preocupaciones similares en un reporte reciente. Y en 2010, Fallon, Kleinman y otros firmaron una carta conjunta al entonces secretario de defensa, Robert Gates, criticando la táctica de separación. Ellos dicen que nunca recibieron una respuesta. (Gates dice a Newsweek que no recuerda haber recibido la carta.) En una declaración, un portavoz del Departamento de Defensa dijo que, por ley, “ninguna persona en custodia o bajo control del Departamento de Defensa será sujeta a un trato o castigo cruel, inhumano o degradante”.
No todos los interrogadores piensan que el manual necesita cambiarse. Mike Nemerouf, un ex sargento del Ejército de EE UU, dice que el documento “hace un buen trabajo al identificar los motivadores primarios de los detenidos”. Él también defendió el apéndice, diciendo que hay numerosas salvaguardas para descartar el abuso. Charles Mink, un ex interrogador del Ejército de EE UU, cree que el apéndice debería ser eliminado, pero por lo demás apoya el manual. “Necesita ser una legislación”, dice él, “antes de que el pueblo estadounidense juramente al próximo presidente”.
Pese a sus críticas al statu quo, Fallon y Kleinman apoyan firmemente el nuevo proyecto de ley. Pero ellos creen que también debería ordenar una revisión a consciencia del manual. “Aprobar una legislación excelentemente redactada que resulte en un bastión contra la tortura”, dice Kleinman, “es el paso más importante que debemos dar”.