

Durante siglos, el poder estuvo concentrado en quienes poseían la tierra.
Después pasó a quienes controlaban las fábricas y más tarde se trasladó a quienes dominaban los mercados financieros. Y hoy, posiblemente, está migrando hacia quienes controlan los algoritmos.
Esta es la tesis que planteó el economista griego Yanis Varoufakis en su concepto de tecnofeudalismo, una idea que ha generado un intenso debate en el mundo académico y empresarial. Según Varoufakis, ya no vivimos completamente bajo las reglas tradicionales del capitalismo. Estamos entrando en una nueva etapa donde el activo más valioso no es la tierra, ni las fábricas, ni siquiera el dinero, es la capacidad de controlar el espacio digital donde ocurre gran parte de nuestra vida.
Analicemos esta postura: Cuando queremos buscar información acudimos a Google o la IA (Inteligencia Artificial); cuando queremos comprar algo recurrimos a Amazon; cuando queremos comunicarnos utilizamos plataformas de Meta; cuando queremos trabajar, aprender o crear contenido utilizamos herramientas digitales desarrolladas por un puñado de empresas tecnológicas.
Nunca en la historia de la humanidad tan pocas organizaciones habían tenido acceso a tantos datos, a tanto tiempo y a tanta atención de miles de millones de personas; y ahí es donde deberíamos comenzar a hacer la reflexión.
Tradicionalmente, el capitalismo se basaba en la competencia. Las empresas luchaban por ofrecer mejores productos, mejores servicios o mejores precios. El consumidor decidía. Pero el modelo que describe Varoufakis es distinto. Según su planteamiento, las grandes plataformas digitales han construido ecosistemas cerrados donde las reglas ya no las define el mercado, sino el propietario de la plataforma. El objetivo principal deja de ser vender productos y pasa a ser controlar la atención de las personas y el flujo de la información; qué y cómo se piensa… ese es el objetivo.
La pregunta entonces es inquietante:
¿Qué sucede cuando unas cuantas empresas deciden qué vemos, qué leemos, qué compramos y qué contenidos aparecen frente a nuestros ojos?
No se trata necesariamente de censura, se trata de algo más sofisticado pues quien controla el algoritmo tiene la capacidad de influir en la percepción de la realidad. Y quien influye en la percepción termina influyendo en las decisiones económicas, políticas y sociales de millones de personas.
Quizá por eso la innovación tecnológica representa simultáneamente una enorme oportunidad y un enorme riesgo.
Como emprendedor y promotor de la innovación, siempre he defendido el papel de la tecnología como motor de progreso. La IA, la computación en la nube y las plataformas digitales están transformando la productividad humana a una velocidad sin precedentes, pero también creo que debemos tener el valor de discutir sus consecuencias.
Porque la concentración extrema del poder rara vez termina bien.
La historia nos enseña que cuando demasiado poder económico, político o tecnológico se concentra en pocas manos, las sociedades comienzan a perder capacidad de decisión.
Un pequeño grupo de empresas controla buena parte de los datos, la infraestructura digital, la IA y los canales de comunicación del planeta.
No sé si Varoufakis tiene razón cuando afirma que ya vivimos en una etapa tecnofeudal. Tampoco sé si el capitalismo está desapareciendo. Lo que sí sé es que estamos entrando en una época donde la concentración del poder puede convertirse en uno de los mayores desafíos para la humanidad. Por eso los gobiernos, las universidades, las empresas y la sociedad debemos comenzar a discutir reglas claras. Necesitamos innovación necesitamos IA, necesitamos tecnología, pero también necesitamos competencia, transparencia y límites que eviten que el futuro digital del mundo quede en manos de unos cuantos.
Porque la verdadera pregunta ya no es quién controla la tecnología. La verdadera pregunta es quién controlará a quienes controlan la tecnología.

