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Hijos de la guerra

Publicado el 25 de marzo, 2017
Hijos de la guerra

FALTABA POCO para que anocheciera, y Charles arrancaba hierbas con su padre en el estado de Ecuatoria occidental de Sudán del Sur cuando cerca de una docena de rebeldes armados apareció, exigiéndole que se uniera a sus filas. Charles estaba aterrorizado. Su padre trató de intervenir, pero fue sometido. Esa noche, Charles, cuyo nombre se ha cambiado para proteger su identidad, fue separado de su padre y obligado a convertirse en soldado. Solo tenía 13 años de edad.

Han pasado tres años desde el inicio de la guerra civil en Sudán del Sur, y las consecuencias han sido devastadoras. Las fuerzas rebeldes y gubernamentales han reclutado a más de 17,000 niños para la lucha, de acuerdo con la Unicef, en un conflicto entre los partidarios del presidente Salva Kiir y los del exvicepresidente Riek Machar. La guerra ha matado ya a decenas de miles de civiles y ha desplazado a más de tres millones de personas. Ambos bandos han sido acusados de asesinatos y violaciones masivas, pero en un informe reciente de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se achaca la mayor parte de la culpa al bando del gobierno. El conflicto también ha sido económicamente desastroso, pues ha producido inflación y ahora hambruna. En febrero, la ONU señaló que alrededor de 100,000 personas están al borde de la inanición, mientras que otro millón podría resultar afectado. Meses antes, Yasmin Sooka, presidente de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en ese país, advirtió que Sudán del Sur mostraba “todas las señales de advertencia” de un genocidio semejante al de Ruanda.

Conforme la situación empeora, Kiir se ha resistido a permitir la entrada de ayuda de países extranjeros bloqueando la ayuda humanitaria y elevando el costo de los permisos para los trabajadores de asistencia internacionales. Esto se produce en un momento en el que Estados Unidos parece estar mirando hacia su interior. A mediados de marzo, la Casa Blanca instruyó al Departamento de Estado y a la Misión de Estados Unidos ante Naciones Unidas que recortara los presupuestos para los programas de Naciones Unidas casi a la mitad; recortes que, de acuerdo con Foreign Policy, afectarán de manera desproporcionada la financiación del Departamento de Estado a la Unicef y el mantenimiento de la paz. Desde 2014, Estados Unidos ha aportado 2,100 millones de dólares en ayuda humanitaria a Sudán del Sur. Pero mientras el gobierno de Trump discute la nueva política exterior de Washington, algunas personas temen que a los niños como Charles se les esté acabando el tiempo.

SILENCIO Y CARNICERÍA

Hace seis años, Sudán del Sur logró su independencia después de más de dos décadas de guerra civil entre el norte, mayoritariamente musulmán, y el sur cristiano. Sin embargo, a finales de 2013, la lucha entre los partidarios de Kiir, un Dinka, y Machar, un Nuer, avanzó hasta convertirse en una guerra civil que actualmente se pelea en gran medida a lo largo de líneas étnicas.

Tras un acuerdo de paz firmado en 2015, Kiir reinstauró a Machar como vicepresidente en un breve gobierno de unidad; la paz se evaporó en julio de 2016, cuando los choques entre los partidarios de Kiir y Machar llegaron hasta la capital. Luego, a finales del año pasado, un esfuerzo dirigido por Estados Unidos para imponer un embargo de armas fracasó. En su última conferencia de prensa antes de dejar el cargo, el presidente Barack Obama, cuyo gobierno desempeñó una función clave en la defensa de la independencia de Sudán del Sur, dijo a los periodistas que se sentía “responsable de los asesinatos y la carnicería que han tenido lugar” en ese país.

Los predecesores de Obama, los presidentes Bill Clinton y George W. Bush, también hicieron que ese país, que en ese entonces aún formaba parte de su vecino del norte, fuera una prioridad, gracias a los republicanos y los demócratas del Congreso, y a la influencia de grupos evangélicos cristianos.

Desde que asumió el cargo en enero pasado, el gobierno de Trump aún tiene pendiente delinear su política en África, sin mencionar su opinión acerca de Sudán del Sur. Pero al parecer, su equipo ha señalado en una dirección que no favorece mucho a Juba. En una lista de preguntas de cuatro páginas que el equipo de transición del presidente envió al Departamento de Estado se sugiere que la Casa Blanca es escéptica de la ayuda internacional. Más tarde, durante su audiencia de confirmación realizada en enero, Nikki Haley, embajadora de Estados Unidos ante la ONU, indicó que el nuevo gobierno revisaría la financiación para las misiones de mantenimiento de la paz, y calificó la que se desarrolla en Sudán del Sur como “terrible”. En marzo, en el presupuesto que la Casa Blanca envió al Congreso se proponía reducir 28 por ciento la financiación al Departamento de Estado.

“Si [el presidente] habla de recortar fondos por razones humanitarias, entonces es obvio que no sabe lo que está ocurriendo, o no le importa”, dijo la representante demócrata de California Barbara Lee antes de la divulgación del presupuesto. “No estoy segura de qué es lo que ocurre”.

Parece que hubo una chispa de interés en Sudán del Sur cuando un vocero del Departamento de Estado dijo en febrero que Estados Unidos estaba “profundamente preocupado” por la reciente hambruna, calificándola como “un producto humano, la consecuencia directa de un conflicto prolongado por líderes de Sudán del Sur que no están dispuestos a dejar de lado sus ambiciones políticas por el bien de las personas”. A esto se debe, en parte, que algunos observadores aún tengan la esperanza de que el gobierno de Trump convierta a Sudán del Sur en una prioridad.

Otra de las razones es la religión. Una parte de lo que impulsó a los legisladores estadounidenses, como el presidente George W. Bush, a apoyar la independencia de Sudán del Sur es que se trata de un país predominantemente cristiano, y varios funcionarios de alto nivel del gobierno de Trump también son cristianos, entre ellos, el vicepresidente Mike Pence. “El vicepresidente tiene una relación con la Iglesia en Estados Unidos y pienso que ambos se unirán para instar a Estados Unidos a hacer algo”, señala Andrew Natsios, catedrático de la Facultad Bush de Gobierno de la Universidad Texas A&M y antiguo enviado especial a Sudán durante el régimen de Bush. “Pence podría asumir este asunto como un problema”.

Un puñado de demócratas en el Congreso también se muestran cautelosamente optimistas. Entre ellos se encuentra Mike Capuano, representante de Massachusetts y copresidente del Comité Central del Congreso sobre Sudán del Sur. “¿Defendemos la democracia? ¿Permitimos que las personas se maten unas a otras en un genocidio? ¿Permitimos que las personas mueran de hambre? No he oído nada en este gobierno que pudiera indicar que la respuesta a cualquiera de estas preguntas es no”, dice Capuano. Estados Unidos debe estar interesado en tratar de estabilizar la democracia más reciente del mundo. Hasta donde sé, ‘Estados Unidos primero’ requiere tener amigos democráticos”.

UNIFORMES VERDES Y AK-47

Sin embargo, mientras la guerra continúa, a los defensores de los derechos humanos les preocupa que más niños como Charles sean obligados a luchar y mueran. “Si esto sigue así, veremos cada vez más niños siendo reclutados para pelear”, dice Joseph Akech, director de política y defensa de Save the Children en Sudán del Sur. “Todo el mundo se beneficiaría al salvar a estos niños. De otra manera, es probable que tengamos una generación perdida”.

En 2014, después de que los rebeldes obligaron a Charles a unírseles, le dieron un arma y un uniforme verde (aunque nunca le pagaron). El niño dormía en el suelo, rodeado de otros chicos, pensando en su madre y en el plato de sorgo que le preparaba. Durante el día aprendió a marchar, a patrullar y a disparar. “Era muy difícil disparar la AK-47; me empujaba hacia atrás y hacia delante”, dice Charles. “Nos decían que saliéramos a combatir a los Dinka. Yo no quería hacerlo porque pensaba que también podían matarme a mí”.

Con frecuencia, Charles pensaba en huir, pero tenía un sentimiento de lealtad hacia su comandante y hacia sus compañeros soldados. Sin embargo, después de un año con los rebeldes, Charles supo que su comandante había cambiado de bando y se había unido al gobierno. Sintiéndose traicionado, decidió escapar, escabulléndose con un amigo y viajando hacia un campo de protección de Naciones Unidas en julio.

Actualmente, Charles extraña a su familia. Su padre vive en un sitio de protección de Naciones Unidas distinto en Sudán del Sur, y su madre está en Kenia, país al que huyó una vez que la guerra comenzó. Le gustaría reunirse con ella y volver a la escuela. Mientras tanto, tiene miedo de los espías del gobierno, que podrían averiguar que estaba con los rebeldes, así como de los rebeldes mismos.

Como él mismo dice: “Temo que vengan por mí y me lleven de vuelta”.

La investigación para este reportaje fue apoyada por el Centro Pulitzer de Información sobre Crisis

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

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